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ANÁLISIS

La Rama de la esperanza

El aperturismo sin retorno al que estaba abocada aquella España de la década de los 60 del siglo pasado lo vivió Agaete como una lotería inesperada por las inversiones que, aunque limitadas, paliaron la situación tercermundista en la que vivía una población que carecía de infraestructuras y servicios tan básicos como la red de agua de abasto y el alcantarillado.

Inversiones que junto con la proliferación de tiendas de comestibles -las llamadas tiendas de aceite y vinagre-, supusieron un aparente florecimiento económico y social que también influiría en el mayor exponente festivo agaetense: las fiestas de Las Nieves con su Rama, de gran arraigo popular dentro y fuera del municipio y que experimentaron cambios cuantitativos y cualitativos, tanto por el aumento del número de personas que acudían a la fiesta, como por la vistosidad de los actos.

Desde la década anterior, tanto el NO-DO como el parte, que fueron los instrumentos cinematográficos y radiofónicos respectivamente del aparato propagandístico del régimen franquista, venían haciéndose eco de la incorporación progresiva de España a organismos internacionales tales como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO) en 1950; la Organización Internacional de la Aviación Civil, en 1951; y a la UNESCO, en 1952, como paso previo a la firma del convenio Hispano-Norteamericano, en 1953.

Este convenio garantizaba a Estados Unidos el uso de las bases españolas, aéreas y navales, a cambio de ayuda económica y apoyo internacional como así fue, remedando al Plan Marshall que nunca llegó a España y que vino a paliar las carencias alimenticias y también, junto con el ingreso en la Organización de Naciones Unidas (ONU) en 1955, a dar el espaldarazo que la dictadura franquista necesitaba para acabar con la condena internacional que sufría desde 1946.

Llegados los años 60, el centro de atención de la prensa insular en relación con el noroeste de Gran Canaria lo ocuparía Agaete y el futuro turístico que se le auguraba y que con el calificativo de masas y de sol y playa antes de su asentamiento definitivo en el sur de Gran Canaria, estuvo localizado en Las Palmas de Gran Canaria, donde se promocionaban, junto con las visitas al barrio de Vegueta y al Pueblo Canario, las excursiones a la Caldera de Bandama, a Cruz de Tejeda y a la villa de Agaete principalmente, como lugares de interés por su paisaje, paisanaje y tipismo.

La carretera del norte, aunque tortuosa, tenía un gran atractivo para el turismo por las vistas panorámicas resultantes de la combinación de un relieve abrupto, con el mar, los núcleos de población y las vegas de plátanos de Arucas, Santa María de Guía y Gáldar, hasta llegar a Agaete que, con su Puerto de Las Nieves, su Valle y la idiosincrasia de su gente saludando a los ingleses -que así denominaba la gente a cualquier turista con independencia del país de procedencia-, a su paso en aquellas furgonetas de la agencia Cyrasa, mientras las mujeres pregonaban el pescado, los marineros remendaban el chinchorro y el campesinado faenaba en las plantaciones de plátanos y tomates a orillas de la carretera, entonces plantada de árboles, adelfas, geranios y flores de pascua, colmaban las expectativas de los visitantes más exigentes.

Titulares como Agaete, punto clave en el escenario turístico insular, Agaete lugar de posibilidades turísticas, El refugio del Puerto de las Nieves sometido a importantes obras de revalorización o Agaete dispensó una calurosa acogida a más de 300 visitantes, encabezarían las jugosas noticias relacionadas con la nueva realidad económica basada ahora en el turismo y las actividades concurrentes al mismo, adobadas con visitas de autoridades y expertos en la materia para culminar con el consabido Día del Turista, de los que las crónicas de la época resaltan el ejemplo que constituía la localidad y su gente.

Con la perspectiva que el tiempo da y más allá de la vanidad colectiva que supone el que tu pueblo ocupe titulares en los periódicos, aquél enamoramiento mediático de la villa marinera, además de responder a los intereses económicos de un sector del empresariado, era un aviso al Ayuntamiento de Agaete para que pusiera remedio a unas carencias básicas evidentes, sin el cual era imposible e impensable el desarrollo turístico, razón por la que a bombo y platillo se anunciarían los 57.058.167,15 millones de pesetas, todo un potosí para la época, que se habían logrado para invertir durante el cuatrienio 1964-68 y así dotar a los núcleos de población, además de alcantarillado y de red de agua de abastos, de viviendas para el profesorado, de puntos de luz y electrificación, pavimentación de calles, el inicio del primer tramo de la actual avenida de los Poetas en el Puerto de Las Nieves o la plaza y ermita de El Hornillo, entre otras acciones..., "con los esfuerzos económicos de la Corporación Municipal y las aportaciones o subvenciones recibidas del Estado después del Glorioso Alzamiento Nacional", según se expresaba la prensa ya que aunque habían pasado veinticinco años del final de la Guerra Civil, el régimen franquista aún se ocupaba en recordarlo.

A pesar de las inversiones y de las noticias periodísticas sobre el futuro turístico de Agaete mi generación asistió a la quiebra de la agricultura de exportación, nuestros ojos de adolescentes contemplaron cómo aquellos terrenos productivos se convertían en baldíos; vimos como cerraban las dos fábricas de calzado y también la merma de la costura a la pacotilla hasta su desaparición, lo que supuso una nueva diáspora en la historia agaetense y la reconversión de muchos zapateros y agricultores en porteros de edificios y entidades bancarias, en jardineros y en chóferes o cobradores de las nuevas empresas de transportes interurbanos Salcai y Utinsa, surgidas tras la desaparición de la compañía Aicasa, la de los coches de hora, mientras que las mujeres mayoritariamente, encontraban trabajo en el servicio doméstico o en los sectores de tabacalera, alimentación y comercio en general.

Llegada la década de los años setenta, el inconsciente colectivo agaetense tiene claro que antes de apostar por el desarrollo turístico en el municipio se necesita mejorar el trazado de la carretera entre Agaete y Las Palmas de Gran Canaria, el transporte, las comunicaciones, la electrificación y el alumbrado municipal, y que debe hacerse pensando no en el turismo de masas y de sol y playa, que ya estaba afianzado en el sur de la Isla, sino en otro modelo alternativo ajustado a las fortalezas y oportunidades que brindaba y aún brinda el municipio y la comarca.

Si en la década de los años 50 del siglo pasado, aquellas ramas de Agaete, ramas del agasajo que decía mi abuela, no pasaron desapercibidas para Pepe Dámaso ni para Natalia Sosa, por nacimiento y ascendencia respectivamente, la evolución de las ramas en los años 60 no sólo no pasaron inadvertidas para ambos, antes bien fueron centro de atención para esos dos espíritus sensibles a los que Agaete, La Rama y el Arte había unido hasta tal punto, que Natalia traspasó los umbrales de lo cotidiano para adentrarse en el alma de Dámaso hasta descubrir como plasmaba en su obra... "la intensidad, la soledad del mar, los acantilados, la tierra negra de la playa, la noche, el amor, la luz huidiza, el silencio, el hambre, el alarido del viento."

Sentimientos y vivencias que, cual argamasa cultural -por lo vital-, convergen en los procesos creativos tanto del pintor como de la escritora de manera tal, que resulta muy difícil disociarlos ya que estoy convencido que forman parte de sus respectivas biomasas, pues de otra manera no se entendería la intensidad con la que ya entonces vivían, amaban e interpretaban la vida.

En abril de 1963 Pepe Dámaso afrontó nuevamente La Rama desde su perspectiva pictórica en evolución, que tendría repercusión nacional e internacional al exponer la obra primero en el Ateneo de Madrid y posteriormente en Copenhague, noticias de las que sin ser de interés para el adolescente que era yo en aquél tiempo, tenía conocimiento de ellas debido a la buena relación que mantenían Elvira, la madre de Dámaso con mi madre.

Una Rama a la que por su interés pictórico en el panorama artístico de aquel momento le dedicaron uno de los Cuadernos de Arte de Publicaciones Españolas en el que el crítico Manuel Conde, conocedor del artista y su obra afirma que "Dámaso insiste, con una espontaneidad que es quizá su más acusada característica como persona y como pintor, en la grandeza de ese espectáculo, que él ha vivido y vive con el apasionamiento de lo telúrico ancestral". Aquella exposición en el Ateneo fue probablemente de las primeras exposiciones conceptuales en España, al inaugurarse sin cuadros por mor de las trabas aduaneras en Alicante, contratiempo que no sólo no pasó desapercibido para la prensa nacional que se hizo eco del despropósito, sino que extendida la evidencia entre el mundillo cultural madrileño, coadyuvó al éxito posterior de la muestra, tanto en Madrid como unos meses después en la ciudad de Copenhague.

Después de muchas ramas no sólo bailadas sino vividas, aprehendidas e interiorizadas, Dámaso hace una síntesis entre el expresionismo y la abstracción, reforzada con los materiales- arena y piedra volcánica-, y que a diferencia de su Rama pictórica de los años 50, la Rama de los años 60 está acentuada con el color, con las tonalidades envolventes de esos contrastes lumínicos agaetenses que emana desde lo más profundo del sentimiento humano y que Pepe Dámaso vuelca creando espacios pictóricos a la par que La Rama al pasar los crea dancísticos; ramas que se me antojan de la esperanza como aquél Agaete soñador - por romántico- a pesar de la evidencia y de las carencias; ramas damasianas que compendian la concepción anímica de quienes además de entregarse a la danza sin miramientos, animaban con sus vibraciones a dar el salto de espectador pasivo a danzante y que con su ritmo y actitud inclusiva, te arrastraban hasta diluirte en aquel torbellino multitudinario; ramas que la introspectiva y joven Natalia Sosa percibió como "un mar triunfante y altivo, agitado y violento en el que las manos subían y bajaban una y otra vez y las riadas pasaban, locas, y cantaban caprichosamente..."; ramas en las que capta el rugir de la multitud y que " como un dios pagano, levantó la voz de la mañana y todo pareció estremecerse", de la misma manera que las mujeres y hombres en La Rama de Dámaso.

Enamorada de Agaete, de su mar y de su gente, Natalia Sosa Ayala continuaba veraneando en el Puerto de las Nieves, respondiendo a quienes le preguntaban al verla ¿otra vez por aquí?, con el consabido "siempre he estado aquí; desde antes de nacer. Siempre he estado aquí", en alusión al amor por la tierra de sus abuelos que su padre, el periodista y poeta Juan Sosa Suárez, le inculcara desde pequeña, traduciendo aquel empeño paterno en su emotiva crónica Cosas de Agaete, en la que igual le preocupa la situación de indigencia en la que vivían un pescador y su familia en el Puerto de Las Nieves, como por las dolencias sufridas por Marquita, la de Luis el guardamuelles, como consecuencia de una caída al subir al Roque Antigafo tras una cabra extraviada y que según la afectada, la Virgen de las Nieves le había salvado de aquella caída mortal, a ella y a la cabra, todo ello aderezado con el canto idílico a las puestas de sol que disfrutaba y compartía con su prima Lucy Cabrera Suárez, también de vacaciones y de descanso de su voz, en un momento en el que la mezzosoprano agaetense iniciaba su retirada de la ópera para dedicarse al teatro, después de haber compartido escenario con María Callas y, sobre todo, con el tenor Tito Schippa como coprotagonista con su Charlotte en la ópera Werther.

"El sol acaba de ocultarse; ahora comienza la franja color naranja a surgir del mar. Mis ojos no se apartan ni un instante de la figura tendida de la isla hermana cuya superficie ha tomado el matiz delicado del color". Así percibía Natalia las puestas de sol en Las Salinas durante sus estancias agaetenses en aquellos años 60 y que una vez pasada La Rama, prolongaba hasta el mes de septiembre, lo que le proporcionaba tiempo para contemplar el mar, meditar y para escuchar hablar a la gente y escribir sobre "un proyecto, de no sé cuántos apartamentos en bloques a construir en la explanada? Cuando yo pensaba en casitas blancas, individuales, de altura mínima, me hablan de bloques, de pisos, de enjambre?".

De la misma manera y ante el incipiente y pequeño tramo en obras denominado Paseo de los Poetas, Natalia prefería llamar "de los Poetas" a todo el mar, a la playa, desde Guayedra hasta Las Salinas, frente a lo que suponía constreñir el calificativo en un Agaete físico e históricamente poético.

De pronto, aquellas ramas que hasta los años 60 estuvieron condicionadas socialmente por frases lapidarias del Agaete profundo como aquella de ¡ay por cuanto si yo me mezclara!, referida a bailar La Rama y juntarse con cualquiera, fueron dejando paso a la diversidad y a la tolerancia- porque el respeto democrático aún estaba por llegar-, como uno de los grandes logros sociales donde la gente agaetense venida de La Isleta y El Refugio principalmente, junto con la gente atrevida del Agaete de siempre, acabaron mezclándose con la llamada gente de baja condición, que miren por donde es a quienes le debemos en parte que el baile de La Rama no se perdiera y a la que vino a sumarse también la infancia de mi generación que no entendía de censuras y la juventud rebelde que contra viento y marea se desgaja de la comitiva, formando corros y cantando canciones como Ahí viene la plaga, La Bamba o Yo tengo un tío en América, de West Side Story, indicadores todos de modernidad para los tiempos que se vivían.

La mar y la sangre

"¡Me marcho!", deja por escrito Natalia Sosa Ayala en su crónica mientras "Las Nieves se esfuma con el sol, y, con él, el tiempo. El pueblo también. Sé, que muchas noches recordaré el mar y que la sangre de mis familiares muertos - sangre de Agaete- correrá como una fuente viva, por el mar de mi sangre."

Lo cierto es que el alma de Natalia- fallecida en el año 2000- nunca se fue ni se irá jamás de su villa de Agaete y mucho menos de mis afectos de infancia y adolescencia, asociados con aquellas ramas de la esperanza, con la pasión de aquellos ojos de su Stefania, la que me regaló y con el mar con el que dialoga en sus Cartas en el crepúsculo, del que no tengo la menor duda que es en parte aquel mar de Agaete que tanto le gustaba contemplar, de la misma manera y con la misma ternura con la que se paraba, le hablaba y acariciaba a cualquier perrillo que deambulara por las calles del Puerto de las Nieves.

El alma y la obra de Pepe Dámaso, unidas para siempre al Agaete que le vio nacer, sintetizan, a la vez que rezuman, el mundo mágico atemporal -que es esencia de La Rama-, que traspasa los límites de sus lienzos, como entonces franqueó fronteras, logrando que su visión pictórica continúe vigente a pesar de los más de cincuenta años transcurridos desde su creación; un soplo de vida esperanzador, moderno y reivindicativo como la misma naturaleza de La Rama ya sea la del Agasajo o de la Esperanza y que unido a las fortalezas patrimoniales que el pueblo atesora, arma de argumentos frente a la especulación, a quienes seducidos por la idiosincrasia de la villa marinera luchamos por el derecho que asiste a la ciudadanía a ser partícipe y protagonista de su futuro y que animan a compartir y bailar esta Rama del 2018 que se me antoja esperanzada.

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