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Los valores

Dice Santayana, ese filósofo español que fue profesor en Harvard pero que pronto se retiró a vivir en Italia una vida contemplativa que finalizó en un convento atendido por monjas, que para reunir las infinitas influencias que vibran en la naturaleza contamos con los cinco sentidos, el moderado poder del entendimiento para interpretar la información de los sentidos y "una irregular y apasionada fantasía para embellecer esa interpretación". Si como él dice, nuestra ambición es construir un cuadro de toda la realidad, estamos destinados al fracaso porque sólo podemos aprehender una parte, aquella que perciben nuestros sentidos, y aún así, la mente la trasforma para acomodarla a los modelos con los que la interpreta. La ciencia trata de salvar esos obstáculos con la objetividad, pero no cabe duda de que aún con el máximo rigor, debido a la parcialidad de nuestras apreciaciones, podemos equivocarnos. Por eso una verdad científica sólo es un estado del conocimiento dispuesta a aceptar su error cuando nuevas evidencias lo proclaman.

Hoy más que nunca se discute acerca de la verdad, o más bien de la mentira y el engaño en los medios de comunicación. La prensa crítica con Trump todos los días saca un artículo denunciado sus mentiras. Hay un temor generalizado a que el poder de difusión de las noticias falsas conforme las creencias y actitudes de la gente para el beneficio de unos pocos. Creo que esto ha sido siempre así: está en la naturaleza humana.

El ser humano necesariamente tiene que aprender por sugestión, si así se puede llamar a la incorporación de conocimiento o hábitos que no se basan en la razón. Tiene la facultad de confiar en lo que los otros le dicen, porque como ser vivo depende mucho del conocimiento y prácticas de la sociedad donde habita. La razón es la punta del iceberg y de ella tampoco nos podemos fiar porque no es lúcida como antes he dicho. Aún así, vivimos en un mundo donde hay verdades y valores compartidos, sin esas certezas sería muy difícil no sólo la convivencia, la propia vida en un mundo de incertidumbres.

Pero si no sabemos qué es verdad y mentira y si al no conocer bien el mundo no podemos defender unos valores, cómo podemos juzgar. Se podría decir que el bien es lo que favorece a la mayoría, aunque unos pocos resulten perjudicados. Ésta es la forma de pensar que tenemos en salud pública. Examinamos una intervención calculando cuánto bien hace y lo contrastamos con el mal que produce. Por ejemplo, hacer cribado de cáncer de mama produce ciertos daños: el de la mamografía a todas las mujeres, el de los estudios complementarios a un 5%, el de la biopsia a un 1%, el de los tratamientos y sus consecuencias a 2 o 3 de cada mil. Todo esto se puede modelar. Y el beneficio es que la mayoría de las tratadas sobrevivirán, pero las que no se hicieron la mamografía tienen un 40% de probabilidades de morir en 5 años. Ahora bien, 2 o 3 de cada 10 tratadas hubieran sobrevivido sin el tratamiento. Así que para que unas pocas, quizá 2 de cada mil, mejoren su pronóstico, hemos dañado a 1, quizá algo menos, con cirugía y tratamientos. A 10 con biopsias, a 50 con estudios angustiosos y a 998 con la radiación, la incomodidad y el dolor tolerable de una mamografía. El sistema sanitario, irrogándose una capacidad que le concede la sociedad, decide que esos daños se compensan con los beneficios. Naturalmente, hay muchos críticos. Unos dicen que se debería ofrecer a todas las mujeres desde los 40 años o desde los 35 y no solo a partir de los 50, porque detectar antes, según ellos, es siempre bueno, aunque los estudios no lo demuestren. Otros que nunca, por los excesivos daños.

Éste es un ejemplo donde los valores se tratan de poner en cifras. Ahora imaginemos que un paciente llega a urgencias en estado de shock por heridas autoinfligidas sangrantes que se han infectado. Una vez recuperado se llama al departamento de psiquiatría. Pero no es un enfermo mental: su estado es consecuencia de una deliberada actuación para domar el monstruo que lleva dentro y purgar con el dolor los pecados. Es una cuestión de valores. ¿Nos atrevemos a decir que está equivocado?

Los valores son convenciones que nos habitan de manera casi inconsciente. De ahí que la historia sea una confrontación, tantas veces sangrienta, entre formas de estar en el mundo. En Turquía se ha impuesto un gobernante que modifica los valores de esa sociedad dañando a muchos con la aclamación de los más. Qué podemos decir. Stuart Mill defendía que todo el mundo debería tener derecho a expresar su opinión, que de la discusión saldría la luz. Si la razón fuera lúcida. No es así. Por eso nuestra sociedad prohíbe ciertas expresiones, por ejemplo, el elogio de la política de Hitler, que se basaba en unos valores que fueron compartidos por muchos. Decisiones, como la de cribado de cáncer de mama, discutibles pero necesarias.

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