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aquí la tierra

Paisaje en una percha

El complejo de la Potabilizadora constituye un paisaje pintoresco no puesto en valor como parte de la identidad urbana de Las Palmas

Uno de los paisajes culturales más singulares de Las Palmas es el que conforma la Central Térmica de Jinámar, un complejo que, sin embargo, no ha sido puesto en valor como parte de su identidad urbana. Y ello pese a que, hace ya décadas, las mutaciones en la noción de paisaje englobaron en él la imagen de la ciudad y el impacto de la industria en el territorio.

La Central Térmica de Jinámar, o la Potabilizadora, como se la conoce popularmente, y como se la llamará desde ahora en este reportaje, constituye un emplazamiento que indica que se ha llegado a Las Palmas -solo es visible desde los carriles de la Autopista del Sur en dirección a la ciudad-. Desde aquí, además, esos accidentes emblemáticos de la capital insular que son las Montañas de La Isleta adquieren ya una presencia rotunda.

Es verdad que son pocos los ciudadanos que pueden hollar este lugar -como ocurre con las propias Montañas de La Isleta-, dado que su acceso es restringido. Y, amén de que resulta temerario llegar hasta él a pie, detenerse para verlo desde un vehículo al borde de la autopista es casi imposible. De modo que solo puede apreciarse el paisaje de La Potabilizadora desde un vehículo en marcha. Por un instante fugaz, de secuencia cinematográfica, La Potabilizadora desfila ante la pantalla del parabrisas como un poderoso atractor visual, que cada cual resitúa en el montaje de su mente.

Tanques, naves, tuberías, torres de alta tensión, cables, grúas? Los elementos de La Potabilizadora perceptibles desde la autopista conforman un panorama pintoresco, intensificado por el color azul cielo predominante en ellos y, sobre todo, por el gran desnivel entre la propia autopista y La Potabilizadora. Esta se extiende a nivel del mar, en un terreno ganado al océano en la hermosa zona de la Marfea.

A la diferencia de cota, hay que añadir, además, el hecho de que la velocidad media de contemplación de La Potabilizadora es de 80 kilómetros por hora, la predominante entre los vehículos que circulan por esta parte de la autopista, de modo que, más que visto, éste es casi un paisaje entrevisto. Pese a ello, pese a su aprehensión momentánea, o justamente por ello, por su efecto de breve golpe perceptivo, su potencia visual es tal que queda grabado indefectiblemente en la memoria.

El calificativo de pintoresco es apropiado para la belleza de este paisaje artificial que genera deleite visual mediante el impacto, la sorpresa y la variedad compositiva de sus formas, en conjunción con el cuerpo que percibe el panorama desde un vehículo en movimiento. Ciertamente, como pasa con las canteras y las minas abandonadas, ya asentadas plenamente en el imaginario pintoresco contemporáneo, las deformaciones, tal que los desmontes, introducidas en el medio físico por La Potabilizadora incrementan la emoción estética que destila. Ello por no hablar de los diques y el espigón que, vistos en perspectiva aérea sobre el océano con la ayuda de Google Earth, asemejan una percha de la que cuelga este paisaje, tendido sobre la Marfea.

Pero los componentes del paisaje de La Potabilizadora que más se alzan en la evocación son sus chimeneas, especialmente una que sobrepasa considerablemente en altura a las demás. Todas ellas rebasan la cota de la autopista y por ello son visibles a larga distancia. Su escala magnificente, acorde con la propia autopista, su geometría esencial, su estampa industrial y su reverberación simbólica convierten a estas chimeneas en los monumentos señalizadores de la entrada a Las Palmas.

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