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Javier Durán

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Javier Durán

Periodista

El Estado y la luz

Explicar o entender las causas por las que la luz sube o baja en España no es materia para cualquiera. Apretar la llave y mirar para el bombillo -que ya es un led- constituye un acontecimiento divino: ¿cómo se multiplicará el gesto en euros atendiendo al precio/día del kilovatio, afectado, asimismo, por la producción de los saltos de agua hidroeléctricos y por una meteorología que se resiste a impulsar los aerogeneradores, a lo que se añaden los efectos del impuesto al sol sobre los paneles? Un escenario tan frenético que parece preparado por el más cabal enemigo de una bajada del precio de la energía, o para que el consumidor dé por perdida cualquier esperanza de aminoramiento. Esta planimetría plagada de imponderables tiene su mejor reflejo en la metafísica de los recibos de la luz, donde los intentos de las compañías por hacer comprensible la facturación acaban haciendo más ininteligibles las operaciones que cuadran el abono final. Ante el afán insaciable del Edison del XXI, el Gobierno de Sánchez anuncia una serie de reformas para proteger al consumidor de una espiral de precios que podría terminar en bombillazo, igual que hubo un ladrillazo. La luz es ahora mismo el Primer Poder, incluso por encima del ejecutivo, legislativo y judicial. Frente al entusiasmo reformador del socialismo, aumenta el pesimismo de los que en tierras del Reino ahorran para pagar la calefacción del inivierno -pueden morir de frío- o de los están ansiosos por conocer la nueva normativa del bono social para acceder a una energía más barata. ¿Se puede abaratar el recibo de la luz? Estamos ante un misterio tan elevado que podría decirse, sin equívoco alguno, que rige con las mismas dimensiones mágicas que el aura luminosa que se le pueda atribuir a cualquier imagen santa u obra de arte. Atengámonos a este forcejeo del Estado con la luz especulativa.

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