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en voz alta

Trampas y tramposos

No soy nada original al decir que la Universidad española tiene serios problemas. Para muestra, me remito a la brillante, ocurrente y original clase magistral -esta vez sí- del profesor Manuel Atienza en la inauguración del curso académico 2018-19 el pasado 6 de septiembre en la Universidad de Alicante. Endogamia, resistencia a los cambios sociales, hiperregulación... Todos estos males fueron certeramente descritos por Atienza. Solo había que observar cómo se le iba palideciendo y crispando la cara al rector Palomar según avanzaba la disertación, mientras se generalizaban las risas entre el auditorio. Y es que es si no fuera tan perjudicial para la sociedad española, los males de la Universidad son para reírse mucho. ¿No es de risa que el exceso de regulación dé lugar en su aplicación práctica a una enorme falta de control en la calidad de los productos y procesos regulados? Aquí todo es cuestión de reunir la relación de requisitos que se solicitan, pero lo que se mide es si existen o no, o si se cumplen las cantidades. Nadie entra en la calidad de los elementos considerados. Los que tienen que conseguir las aprobaciones y acreditaciones de la Agencia de Evaluación de la Calidad, Aneca, ya le han pillado el tranquillo. Para acreditar a los candidatos a profesores, por ejemplo, se exige un determinado número de publicaciones en revistas científicas, un determinado número de horas de clase impartidas, etcétera. Sin embargo, nadie entra a valorar la calidad de los trabajos desempeñados. Decía muy agudamente Atienza que Ortega y Gasset nunca habría podido ser profesor en la actual Universidad española.

Aquí es muy cierto el aforismo "hecha la ley, hecha la trampa". Las tan acertadas para algunas cosas autonomía universitaria y libertad de cátedra dan pie, a pesar de tanta regulación, a la posibilidad de trampear. En la Universidad del Reino Unido, por ejemplo, el plagio es causa de expulsión inmediata, los comités de control supervisan los trabajos fin de grado y máster, y por supuesto las tesis, para asegurar que poseen la calidad mínima necesaria. Allí es muy difícil hacer trampas. Sin embargo, aquí se puede eludir la acción de los programas de detección de plagios, a base de cambiar palabras en las frases o mediante inserciones de otros elementos como gráficos, imágenes, etcétera. Se puede "encargar" la redacción de la tesis por un determinado precio. Se puede conseguir presentar una tesis en un plazo tan corto que no posibilita la labor de investigación necesaria que debe soportar a una tesis digna, y se puede trampear con las composiciones de los tribunales de tesis haciendo que el comité correspondiente apruebe un grupo predispuesto de amiguetes del doctorando. Este tribunal "ad hoc" puede trampear calificando a su antojo la tesis presentada, sea justa o no su calificación. La nota "Cum Laude" es la más frecuente en las presentaciones de las tesis, con lo que en la práctica, esta calificación está devaluada.

Por definición, "la realización de una tesis doctoral es una actividad avanzada en la que el doctorando demuestra hacer una contribución significativa al avance de la Ciencia... De ahí que se exija como requisito la novedad de la tesis y que sea original del sujeto que la suscribe" ( Mañas, J. A., 2004). La realidad es que nada ni nadie en la Universidad española se dedica a controlar con eficacia la calidad de una tesis para que cumpla con su definición. Nadie persigue las trampas. Pero que la trampa sea posible no exime de culpa al tramposo. Al contrario, como se presupone la honradez del doctorando al presentar su tesis, la trampa se debería considerar, como en el Reino Unido, algo grave, detestable y punible. Desde luego, nada ejemplar.

¿El beneficiario de las trampas es un tramposo? No creo que sea necesaria otra tesis doctoral para responder esta pregunta. Lo que sí queda claro es que el adquirente mediante estos tejemanejes de un título de doctor no es ejemplar. Y si dice serlo y llama indecentes a otros, es un hipócrita. Tampoco debe ser tan grave, puesto que hay países democráticos en los que un doctor hipócrita y tramposo puede ser presidente del Gobierno.

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