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Azul

Desde tiempo inmemorial el índigo, o añil, era utilizado en la India, y su laboriosa elaboración a partir de la planta del mismo nombre era conocida incluso en el antiguo Egipto que privilegiaba su uso para faraones y altos dignitarios.

En Occidente, donde el color azul siempre ha gozado de especial predicamento, se recurría para su producción a la yerba pastel, catalogada desde tiempos de Linneo como Isatis tinctora. Aun siendo cultivada en casi toda Europa, la elaborada en el sur era la más apreciada. Recordemos su importante producción en Canarias, donde llegó a convertirse en uno de los primeros productos de exportación al Reino Unido.

Marco Polo en sus viajes a principios del siglo XIII dio fe de la existencia del índigo y de su intensa coloración, iniciándose a partir de entonces una pugna por su introducción en Europa, frenada siempre por las fuerzas proteccionistas de la yerba pastel que llegaron a denunciar el añil en Alemania como "color del demonio". En Francia Enrique IV llegó incluso a prohibir su uso bajo amenaza de pena de muerte.

Y no sólo el índigo competía con la yerba pastel. Otros pigmentos azules se conseguían también, casi siempre a un coste mayor: en Noruega el cobalto, que a principios del siglo XIX cubría el ochenta por ciento de la producción mundial, producía un azul intenso que sigue cotizándose hoy día.

Desde hacía 5.000 años se conocía en Afganistán el lapislázuli, cuyos pigmentos conseguidos a partir de dicha piedra semipreciosa eran de una calidad insuperable. Su difusión por las caravanas de Oriente los llevaron hasta Venecia, donde se le otorgó carta de naturaleza a dicho color, bautizándolo como "azzurro oltramarino".

Hasta que la modernidad fue la encargada de terminar con tan románticas y exóticas fuentes. De golpe y porrazo los pigmentos de origen natural se vieron desbordados por los de origen sintético: a mediados del siglo XIX la firma alemana Badische Anilin und Soda Fabrik, de pedestre denominación BASF, fue la encargada de fabricar a escala industrial los colorantes azules que demandaba el mercado.

Todo esto está muy bien, pero los avatares históricos reseñados no quitan que para la mayoría de nosotros el azul siga siendo algo más que un color, y ocupe sin duda en el sentir colectivo un espacio que se corresponde con el imponente protagonismo cromático que le regalan los cielos y los océanos.

Para mí azul es, por ejemplo, el color de los crepúsculos otoñales de mi tierra, ese color nórdico boreal, tan bien descrito por el artista danés Oluf Höst: "Azul es el acorde primordial del Norte. Hay que pintar tan azul que te puedas ahogar en él".

Para mí azul es también un lienzo de Yves Klein, con sus esponjas embebidas de un añil brutal, abismalmente profundo.

Y sobre todo para mí es de un emocionante azul cariño la piel brillante de las tazas recién salidas del horno alfarero que me regala mi hija pequeña.

¿Supongo que no necesitarán más pistas para adivinar cuál es mi color favorito?

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