Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

al azar

El día sin Franco

Los regímenes dictatoriales exigen una presencia universal del líder providencial. De ahí la ubicuidad de las efigies del padrecito Stalin, o la obligatoriedad de que los hogares norcoreanos muestren en lugar destacado los retratos de los tres miembros sucesivos de la dinastía Kim. La pena por incumplir estos preceptos tiránicos dista de ser simbólica. Suena ridículo efectuar tales evocaciones en un país que tuvo a su Franco, inmerso en la realidad cotidiana. Y que sigue teniéndolo, por lo menos desde el punto de vista imagológico. Cuarenta años después de los cuarenta infames, no pasa un día sin su novedad del franquismo. Del Generalitísimo se aprovecha hasta el cadáver.

Para combatir la saturación, convendría proclamar el Día sin Franco, en el que los franquistas no podrán reivindicar a su héroe de bolsillo. Y sobre todo, en el que los antifranquistas no podrán insistir contra toda evidencia en que el dictador sigue vivo. La abstinencia será dura para los fabricantes de actualidad, pero sobre todo para los obispos y cardenales, que le prestan mayor atención al homicida que a uno de sus santos. Salvo que nos hayamos descontado, y que el beato Franco recibiera la canonización.

Lo malo no es que Franco fuera un dictador, sino que sigue siéndolo. El pintarrajeador reciente de la tumba del pequeño dictador no debe ser felicitado por sus dotes artísticas o por sus pretensiones ideológicas, sino por haber seleccionado con precisión el enclave donde obtendría una mayor difusión. Al rubricar su paloma roja con el texto "por la libertad", no remitía a un objetivo genérico, sino que apelaba a la liberación del monigote que lleva cuarenta años bajo tierra. De ahí la urgencia del Día sin Franco, porque una jornada de democracia integral y obligatoria al año no perjudicará la convivencia. Y sí, he puesto el nombre del general golpista en el titular porque garantiza un plus de lectores.

Compartir el artículo

stats