Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

PUNTO DE VISTA

Jugar con fuego

E uropa es un continente viejo, alejado y caro", me comentó un buen día un experto observador de la realidad internacional, antiguo canciller iberoamericano. Para él, la región Asia-Pacífico, que concentra cerca del sesenta por ciento de la producción mundial, casi la mitad del comercio universal y la mayor población, es la que dirige el futuro de la tierra, apartando a Europa de ese tradicional liderazgo.

Lo que me venía a explicar era que no estamos ni tan siquiera en la periferia del lugar en el que se corta el bacalao en la actualidad y tiene toda la pinta de continuar haciéndose, que son las costas del océano explorado por Núñez de Balboa. Ni con los avances en las comunicaciones podemos sacudirnos esa remota distancia del nuevo corazón del planeta, del que estamos apartados geográficamente y en multitud de aspectos.

Añádase que somos unos ancianos, con un lento crecimiento vegetativo y una edad media muy alta en relación con el resto de continentes, en especial con el que limitamos por el sur, del que no dejan de llegar a diario cientos de personas, legal o ilegalmente. Y somos además caros, porque resulta necesario llevar al coste de nuestros productos el sostenimiento de unas estructuras políticas y de protección pública que ni las naciones más prósperas pueden permitirse y ni se les pasa por la cabeza a los países orientales.

Dando por cierto este aciago panorama, Europa tiene hoy ante sí un reto considerable: competir en una economía globalizada y mantener al mismo tiempo su carísimo sistema institucional y de bienestar, un desiderátum que de no encarrilarse pronto puede arrinconarnos aún más en el contexto internacional y producir otros fenómenos internos de severa magnitud.

Ayudan poco a lograr este propósito los enredos adolescentes de ciertos Estados desafiando el rigor presupuestario de Bruselas y apostando por un irresponsable incremento del gasto, algo que puede encontrar un peligroso efecto llamada en el resto de miembros, en especial en aquellos aquejados por esa penosa enfermedad contemporánea conocida como populismo. Lo que le faltaba a la Europa unida era precisamente eso: que mientras se ciernen sobre su horizonte grises nubarrones de irrelevancia a escala mundial, de repente surgieran estos necios brotes de indisciplina entre sus integrantes, cuando lo que tocaría sería justo lo contrario y aprovechar para reducir a porcentajes razonables los contingentes de polizones o free riders que lleva a bordo la nave comunitaria, que no solo producen lo que producen y consumen lo que consumen, sino que no pierden un instante en crispar e indignarse por no seguir percibiendo un maná que no cae del cielo, sino de las actividades privadas que lo generan.

De no reinventarnos competitivamente e idear iniciativas que potencien al sector productivo, no solo no recuperará Europa su lugar en el mundo, sino que no quedará más remedio que ajustarse el cinturón y certificar el final de muchas de las denominadas conquistas sociales, porque desgraciadamente la cuadratura del círculo no se ha conseguido aún. O enamoramos o bajamos precio, y de esto no se habla porque el foco está en el lado opuesto, el de los que solo piensan en incrementar la deuda pública sin explicarnos cómo se va a pagar, una jauja que nos puede llevar al pozo en cuestión de pocos años.

Compartir el artículo

stats