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la suerte de besar

Una cuestión de foco

Conozco a una persona que, pese a la prohibición, pese a la posibilidad de que le caiga una denuncia y la multa consecuente (si es que éstas no son una leyenda urbana), sigue alquilando vacacionalmente un piso en un edificio plurifamiliar. Sus clientes, que han venido aquí a pasarlo bien y no a cumplir las normas de convivencia de una comunidad, interfieren en el bienestar de los vecinos que, conviene no olvidarlo, tienen derecho a estar tranquilos en su propia casa. Uno de éstos, harto de no pegar ojo, llamó al arrendador para quejarse. ¿Cuál fue la reacción de la persona que vive al margen de la norma? Enfadarse. Con el vecino y con sus clientes. Con el primero, por ser tiquismiquis. Con los segundos, por ser bárbaros. Error. ¿Quién es aquí el único responsable? El individuo sin ley. Es difícil, muy difícil colocar el foco donde toca. Sobre todo, cuando éste nos apunta directamente a la cara.

"Negra y fea perra" fueron las lindezas que un señor profirió a una mujer en un vuelo que cubría el trayecto Barcelona-Londres. Según las informaciones publicadas, la señora, de 70 años y con artritis, tardó más de la cuenta en dejar pasar al caballero a su asiento en ventanilla. Esa ligera incomodidad, unida al color de la piel, provocó la retahíla de insultos. En un universo paralelo, en donde la justicia poética rigiera las relaciones humanas, el maleducado racista habría sido acompañado a la puerta de salida por unos profesionales resueltos y con principios éticos. Mientras, el resto de pasajeros aplaudiría esa medida, ovacionaría a la víctima y resarciría su dignidad. Pero no. En el mundo real de ese avión de Ryanair, alguien invitó a la mujer a cambiarse de sitio. Olé. Cornuda y apaleada. Nuevamente, el foco apunta a un lugar equivocado y culpamos a quienes debemos proteger. Proteger a los niños de otros niños, por ejemplo. En diferentes noticias sobre acoso escolar, se recoge que las víctimas a menudo provienen de otros centros en donde ya sufrieron vejaciones. Cada vez que leo algo así, pierdo algo de fe en el sistema y me sale una cana. Algo falla si es el niño que sufre los insultos, empujones y burlas de compañeros quien debe irse del colegio. Las puertas de atrás no son para las víctimas. Mal andamos cuando el eslabón débil es el que tiene que pasar desapercibido y no molestar.

"Carlos y Rosa se han separado", comentó alguien durante una cena. "Normal. Él tiene ganas de marcha y ella solo quiere estar en casa. Trabaja demasiado y le apetece estar cómoda. Carlos se aburre", responde otro. "Bueno, ahora ya no. Se ha liado con una compañera de trabajo y se lo pasa en grande. Hasta le ha cambiado la expresión de la cara", añade. "Lógico. Si Rosa no le daba lo que necesitaba, lo ha ido a buscar a otro sitio". La guinda del pastel. Un pastel que engullí para paliar el sentimiento trágico de esta vida.

Lo fácil es no asumir responsabilidades. Lo cómodo es apuntar con el foco de la culpa a otros. Y, mientras tanto, le damos la espalda a la realidad. Nos saltamos las normas, apoyamos valores cuestionables y no protegemos a los vulnerables. En las sombras, ya se sabe, todos los gatos son pardos.

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