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el callejón del gato

Dernière chance

Días pasados tuve la oportunidad de escuchar a Manuel Valls, candidato hispanofrancés o, mejor dicho, como él mismo se define, barcelonés, catalán, español, francés y europeo, ahí es nada. Se presenta a alcalde bajo las siglas de Barcelona Capital Europea, plataforma que pretende aglutinar a un amplio espectro, de la derecha a la izquierda, sin olvidar el centro, de la sociedad catalana. El que este señor se presente como candidato a la alcaldía de Barcelona no solamente es un auténtico lujo, sino que posiblemente sea la última oportunidad de que la ciudad condal no caiga en manos de los independentistas. Su principal objetivo es que Barcelona vuelva a ser la capital española del sur de Europa bien gestionada, donde el espacio público deje de ser monopolio de unos cuantos en detrimento de la mayoría donde los manteros y okupas campan a sus anchas. Manifiesta su preocupación por la deriva independentista con lo que ello conlleva de desastre económico para Cataluña y por ende al resto de España. Seguridad, orden, civismo y respeto es un mantra que repite para devolver el esplendor perdido en Cataluña. No tiene vergüenza de llamar a las cosas por su nombre, como por ejemplo asegurar que una ciudad necesita de las élites, ya sean culturales sociales o deportivas. Con el típico savoir faire francés que junto al haber sido primer ministro del país vecino le da ese plus del que está necesitado ahora mismo muchas alcaldías españolas. Él, como muchos españoles, fundamentalmente los catalanes, piensa que el verdadero riesgo subyace en que los independentistas se hagan con la alcaldía, cosa que hasta ahora no han logrado, y que cierren el círculo del separatismo. La gestión de Colau, más el proceso independentista, ha supuesto un verdadero desastre, lo que hace que se pregunte el candidato Valls: "¿Es eso lo que queremos para el futuro?" Sus detractores lo acusan de jacobino pero, ¿que Francia esté dividida en departamentos significa ser centralista? Europa o no Europa, democracia o populismo, ese y no otro es el gran debate. Una ciudad o un país no es cuestión de partidos políticos, todos, a veces, deben supeditar el bien particular de cada uno en función de otro superior y, posiblemente esté sea el caso y no solamente en Cataluña. En definitiva, me parece que la modernidad de Barcelona pasa por este ilustre gabacho, al fin y al cabo heredero de la revolución francesa que tanto marcó el devenir de Europa. El más catalán de los franceses y el más francés de los catalanes va a tener la oportunidad de cambiar la deriva nacionalista que amenaza a Cataluña, España y Europa. Quizá sea la última oportunidad.

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