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reflexión

Marchesi y su contratiempo

Una de las garambainas de la literatura contemporánea es que sus motivos pueden ser tan dispares como disparatados. Se ha convertido en costumbre llamar la atención del lector con historias que parecen entresacadas de un simple mensaje en las redes sociales, con lo que esto puede tener de improvisado y, en ocasiones, hasta de frivolidad. Uno de los libros, por otra parte, aclamado por la crítica, que mejor ejemplifica esta tendencia es el de Enrique Vila-Matas, Mac y su contratiempo. Una obra, en cierto modo, experimental, que desafía la lectura pero que, en el fondo, es el relato de una anécdota sin más, eso sí, plagada de reflexiones sobre el hecho mismo de la escritura y la condición del narrador en una sociedad como la nuestra. En este sentido, y sólo en él, el libro merece la pena, más allá de la narrativa de repetición de un libro aparentemente fracasado. Según la voz del protagonista, su deseo es vengarse "de haber perdido tanto tiempo de vida en el caos". Y, justo ahí, tras una frase que marca un destino, me acordé de otro individuo, igualmente perdido y que, por lo visto, vuelve a intentar repetir lo que en otro tiempo ya descompuso. Me refiero al espectro del hacedor del mayor desastre educativo desde que existe la democracia en España, un cantamañanas que quiere reescribir su propio relato, un relato -por favor, que jamás se olvide- que condujo a la ignorancia y el desprecio por la enseñanza. Los que me conocen, saben que hasta me cuesta verbalizar su nombre, porque solamente pronunciarlo ya señala la ofensa cometida sobre un país entero. Pero, hay que hacerlo, es deber de cualquiera que sienta la educación como algo suyo mostrar al común quienes son los directos responsables del despropósito, entre otras cosas, para que la historia no se vuelva a repetir, que es lo que, insisto, quiere el personaje en cuestión.

Álvaro Marchesi ha vuelto. Algunos objetarán, pero si nunca se ha ido. Y, quizás, lleven razón. No obstante, se ha mantenido en un estado de latencia, al menos en lo que es la política educativa, que hasta le honraba. Sabedor de que las encuestas de diagnóstico, los informes internacionales, sobre todo, el de PISA, comprometían su apuesta pedagógica, optó por un silencio, si no responsable, sí que caballeroso, si tal calificativo se puede emplear con una persona que ha mentido sobre el devenir de la educación desde el principio. Con la llegada del gobierno de Sánchez y, en especial, la entrada en la Secretaría de Estado de Educación de Alejandro Tiana, uno de sus compinches habituales, ha visto fortalecida su situación y se ha lanzado a reescribir el capítulo que había dejado inacabado: la completa destrucción de la enseñanza en España. Ya dio un primer aviso en un artículo, publicado en La Razón, el 22 de marzo de 2017, que comenzaba con la siguiente afirmación: "La escuela del futuro empieza hoy", en el que lo menos importante era lo escrito, puesto que lo verdaderamente significativo se omitía. No hablaba de esfuerzo, ni de exigencia, ni mucho menos de conocimientos entre los alumnos. Al contrario, todo giraba en torno a la figura del profesor para cargarle con más actividades, estrategias y experiencias. Diferentes palabras para conseguir lo de siempre, trasladar todas y cada una de las responsabilidades a uno de los agentes educativos, el docente.

Personalmente, llevo reclamando la figura penal del "delito social" para casos como el de Álvaro Marchesi, un malhechor que ha llevado a un país al oprobio internacional, que ha dejado en el esqueleto la educación española, que ha resquebrajado la figura del profesor como nadie antes lo había hecho, y, aun así, algunos me tildan de loco. A esos, el tiempo les sacará del error; a mis alumnos, los que de verdad me importan, sólo un mensaje: por favor, estudien. Es el único camino seguro para llegar a ser alguien, lo que nunca ha sido ni será este representante de la pedagogía del delirio.

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