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aquí la tierra

Al filo de lo posible

Un día en la calle Barcelona, varias personas se protegen pegadas a los edificios porque alguien está tirando cuchillos desde su casa

Las Palmas, calle Barcelona, uno de estos días. En un tramo de una de las aceras, varias personas están pegadas a las paredes de los edificios con semblante grave, miran, alternativamente, hacia arriba y hacia el suelo. Algunas llaman agitadas por sus móviles una y otra vez. El reportero, que camina por la acera de enfrente, se detiene. Cruza. A los transeúntes que pretenden circular por donde se encuentran las personas concentradas, estas les gritan: "¡Oiga, no pase por ahí! ¡Están tirando cuchillos desde arriba!".

¿Cuchillos? Alguien le había dicho al reportero que en Barcelona el ambiente está algo tenso, pero nunca se le hubiese ocurrido pensar que se refería a esta calle que discurre por un flanco del Mercado Central y donde, en tiempos, estuvo la señera churrería La Habana. Desde donde está, el plumilla divisa, efectivamente, dos cuchillos en la acera. Se aproxima. Una voz alterada le advierte: "¡Señor, no pase! ¡Alguien está tirando cuchillos!" Pero hay algo a lo que el reportero teme aún más que a la muerte: no poder cumplir con sus lectores y ofrecerles la entrega semanal de su reportaje.

Uno de los cuchillos es de grandes dimensiones, otro, tirado unos pasos más allá, es más pequeño. Ambos son de cocina. ¿Quién los habrá tirado? ¿Un perturbado con el propósito de matar a la primera persona a la que alcance a dar? No hay rastros de sangre y, como el lector ha concluido hábilmente, el reportero tampoco ha sucumbido a la furia combinada de una mano movida por vaya usted a saber qué impulso criminal, un instrumento que desde la prehistoria arrastra un larguísimo historial de siega de vidas, y la ley de la gravedad, ella siempre tan inexorable. Si no fuese así, efectivamente, el lector no podría estar ocupado ahora con este interesantísimo reportaje.

La tensión es máxima. Las gentes que previenen a los transeúntes de la amenaza que se cierne desde lo alto, han desistido de persuadir al reportero de que no se acerque al filo de lo posible. Éste prepara su cámara, enfoca al cuchillo grande y piensa: "caramba, uno así me hace falta para cortar la calabaza, sobre todo para quitarle la cáscara, que es durísima". En ese momento, en la mente del reportero solo existen él y el cuchillo grande. No hay nada más. Ni transeúntes, ni edificios, ni calle, ni altura amenazante y, ni tan siquiera, la expectativa de una de medalla al valor periodístico.

Aunque está gastado por el uso, al contacto con la luz solar, el cuchillo emite destellos que sumergen al reportero una sensación de irrealidad: "¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué es tan delgada la línea entre la vida y la muerte? ¿Qué es un instante? ¿Qué es la eternidad? ¿Cuál es la capital de Tailandia?"

Conseguida su foto, el reportero siente repentinamente un sudor frío. Un hormigueo le recorre el cuerpo, le cuesta tragar saliva y sus ojos se encuentran con otros ojos que le miran con una mezcla de estupefacción y miedo. El reportero siente pánico y, ahora sí, se pone raudo a resguardo en la entrada del bar que está justo enfrente del cuchillo que acaba de fotografiar.

¿Un loco? ¿Un asesino? ¿Quién diablos tiene interés en perturbar el ambiente de esta calle, Barcelona, que por lo general no registra mayor ajetreo que el del tránsito en los bares y otros comercios de la zona, incluido el Hiperdino, donde venden un estupendo queso de Pajonales? Recuperado el autocontrol, aunque con la tensión en el cuerpo, el reportero le pregunta a una señora que se ha refugiado junto a él en el umbral del bar. "Oiga, ¿sabe usted quién está tirando los cuchillos?". La señora: "Un bebé al que dejan solo y siempre tira cosas a la calle. Hoy le ha dado por los cuchillos".

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