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tropezones

Breverías 56

Tengo un conocido informático que me suele encauzar las recurrentes veleidades de mi ordenador. El otro día tocamos el tema del extraordinario auge de su especialidad, la inteligencia artificial. Ya saben, la rama que ha de resolver los grandes desafíos pendientes de la humanidad, como la conducción sin conductor, o el ensamblaje autónomo de muebles de IKEA. Y lo curioso del caso es que las encrucijadas de los robots son las mismas que las que tienen que afrontar los humanos. Por ejemplo, en caso de una inevitable maniobra de tráfico, ¿qué opción elijo: atropellar a la anciana que se me echa encima o desviar bruscamente el vehículo hacia la derecha a riesgo de cargarme toda una familia que discurre por la acera? ¿Y cómo le digo al robot que está bregando para montar una estantería que tenga cuidado con la lámpara que se interpone en sus maniobras? Vamos, que, en resumidas cuentas, me temo que dos de las asignaturas pendientes de los robots, como para cualquiera de nosotros, seguirán siendo... el posicionamiento ético.... y el sentido común.

Y engarzando con el futuro digital, nos topamos con una promesa, o amenaza del futuro, bautizada ya como "superinteligencia". Se llama así a un hipotético y desaforado avance de la inteligencia artificial, merced a su capacidad de autoperfeccionarse y de desarrollarse exponencialmente, superando a los humanos hasta límites peligrosos. Ya la inteligencia artificial supera a los humanos por ejemplo a la hora de manejar una partida de ajedrez. Pero imaginemos hasta dónde puede llegar si se la dota de mecanismos de crecimiento, discernimiento y almacenamiento ilimitado de datos alimentados sin fin. Lo que a mí siempre me había parecido un juego de utopías de ciencia ficción a largo plazo está ya dando dolores de cabeza a protagonistas del presente y profetas del futuro como Elon Musk (Tesla) o Bill Gates (Microsoft) que preconizan medidas de control para evitar, en lenguaje llano, que el tema se nos vaya de las manos.

Yo creo que lo que se nos puede avecinar viene ilustrado a la perfección con el clásico cuento del novelista de ciencia ficción Isaac Asimov, que tal vez haya citado en otro momento, según el cual el hombre logra perfeccionar un ordenador, al que va conectando sensores de todos los puntos del universo, alimentando la capacidad de conocimiento e inteligencia de la supermáquina. Llegado el momento en que el conocimiento del ordenador es total, éste se presta a contestar a toda pregunta que se le pueda ocurrir al hombre. Lógicamente preocupado por su propio destino, la pregunta de rigor no puede ser otra que: "¿Existe Dios?" A lo que la máquina responde, con inquietante celeridad: "¡Ahora sí!"

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