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las siete esquinas

Los prescindibles

El último día de la Gran Guerra, la que terminó hace ahora cien años, cuando ya estaba firmado el armisticio, hubo generales que dieron órdenes de atacar y hubo soldados que cayeron cuando ya no había ningún motivo para que murieran (tampoco lo había antes, claro está, pero esa es otra historia). Sabemos los nombres de esos desgraciados que tuvieron la muerte más estúpida de todas, cuando ya no había ninguna razón para morir. Uno era un soldado francés, ya mayor, de cuarenta años, que se llamaba Augustin Trébuchon. El alto el fuego estaba anunciado para las once de la mañana del día 11 de noviembre de 1918. Pero esa misma mañana, un general francés dio la orden de atacar un pueblo ocupado por los alemanes, al otro lado del río Meuse, solo por el placer de ganarse una felicitación o quizá una medalla. Trébuchon era correo y tuvo que llevar una orden, en bicicleta, hasta un destacamento apostado en la orilla del río. "La sopa se servirá a las 11.30", decía la orden. Por el camino, Trébuchon recibió una bala en la cabeza. Eran las 10.55 de la mañana: faltaban cinco minutos para que se anunciase el alto el fuego oficial. Francia había ganado la guerra, pero Trébuchon la había perdido. El general que había ordenado el ataque adelantó la fecha de su muerte al día anterior, avergonzado de haber mandado a sus hombres al matadero en el mismo día de la victoria. Confiaba en que así nunca se sabría la estupidez que acababa de ordenar. Por suerte, se supo.

Trébuchon era huérfano de padre y madre, primogénito de seis hermanos y pastor en una zona montañosa del centro de Francia. Por edad y por circunstancias familiares se habría podido librar de la guerra, pero se presentó voluntario nada más declararse las hostilidades, en septiembre de 1914. Supongo que le invadió esa fiebre patriótica, esa especie de frenesí que se apodera de nosotros en esos momentos de histeria en que todos preferimos pensar con el corazón -o con la tripa- en vez de usar la cabeza. Quizá pensó que sólo estaría luchando un par de semanas y luego podría volver a casa convertido en un héroe. Pero la guerra duró cuatro largos años. Trébuchon luchó en todas las grandes batallas donde murieron millones de soldados como él: en el Marne, en Verdún, en el Somme. Fue herido dos veces, pero logró salir relativamente bien parado. Hasta que llegó el último día de la guerra, el día de la Victoria. Y esa orden, tan escueta, tan absurda, tan cómica en el fondo: "La sopa se servirá a las 11.30".

¿Cuántos Trébuchons ha habido en el mundo, gente que se dejó engañar por las ideas y los delirios de otros, los generales, los poderosos, los que mentían y mandaban a la muerte a los demás, mientras ellos se quedaban tan tranquilos en sus despachos o en sus ministerios? ¿Cuánta gente ha sido sacrificada -en empresas, en trabajos, en obras- por una orden que no obedecía a nada más que la vanidad o la estupidez? ¿Y cuánta gente como Trébuchon ha servido de carne de cañón en primera línea, muertos de hambre y de frío, mientras otros tramaban sus minuciosos delirios, sus locuras patrióticas, sus histéricas proclamas de amor irrenunciable a la patria? El pobre Trébuchon -lo dice su cartilla militar- sólo medía 1,61metros. Pero qué grande me parece ahora, qué digno, qué valiente.

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