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OBSERVATORIO

El terror y la política

Los romanos practicaban toda clase de mutilaciones y atrocidades en los cadáveres de sus enemigos vencidos con el objeto de amedrentar a las naciones que se les rebelaban o resistían. Y otro tanto hicieron muchos de los conquistadores que quisieron sellar su dominio con el terror.

Fueron célebres los ensañamientos con los cadáveres que practicaban las tribus indias norteamericanas: además de rasgar el cuero cabelludo para lograr su macabro trofeo, atravesaban con flechas y lanzas decenas de veces los cuerpos abatidos de los soldados o colonos, a los que además desmembraban o mutilaban los genitales que introducían en la boca de sus víctimas. Todo ello antes de cortarles los tendones de pies y piernas para impedirles andar y vengarse en la otra vida.

Aunque aquellas atrocidades de las tribus americanas no diferían mucho de las practicadas en los tumultos o las ejecuciones públicas en Europa, lo cierto es que no solo extendieron su fama de salvajes, sino que terminaron por atraer sobre ellos calamidades mucho mayores que las que temían, o, tal vez, exactamente la que más temían: el final de su mundo y su práctico exterminio. Y es que no pocas veces quienes practican el terror lo padecen ellos mismos, ya sea como causa de sus atrocidades o como consecuencia. Es decir, o bien se origina en su temor a la propia destrucción y la de su mundo, o bien termina causándolas, o ambas cosas.

Por ejemplo, fue el horrendo miedo infundido por los aztecas sobre sus víctimas lo que facilitó su derrota y conquista a manos castellanas al asegurarles la masiva alianza de los pueblos sojuzgados. La pavorosa crueldad de su poder fue en realidad su principal debilidad. Esa espiral en la que el sufrimiento utilizado para asegurar el poder sobre los demás lo convierte en inestable y facilita su final, es la interna contradicción del poder conseguido mediante el miedo. Así que el terror que produce el poder atemoriza tanto a quienes lo sufren como a quienes lo poseen: debajo de un déspota hay siempre una criatura miedosa, que teme casi tanto a los que le tienen miedo como a los que no.

Así que el terror como arma política es un puñal que corta con sus dos filos. Por eso decía Octavio Paz que el rasgo más desconcertante de Julio César fue su desprevenida confianza, "pues un dictador confiado es un escándalo político y una contradicción moral". En efecto, si alguien que ha conseguido el poder mediante la fuerza no se siente en la constante necesidad de protegerse para conservarlo, es porque o bien ya no es el miedo lo que lo sostiene, o bien el miedo que produce es de proporciones inauditas. Así que el justo castigo que recibe quien amedrenta a los que gobierna es que no puede disfrutar del poder sin padecer el mismo miedo con el que lo conserva.

El terror no es un simple y genérico miedo intenso, sino un miedo específico a padecer un final atroz. Y de nuevo nos encontramos ante una paradoja: si bien solo el hombre es capaz de un ensañamiento deliberadamente cruel, cuando lo hace parece haber alcanzado un estado inhumano, pues no hay bestialidad tan horrendamente feroz como la que surge de la libertad. Seguramente nadie escudriñó esa bestialidad maliciosa y deliberada como Herman Melville con su ballena blanca.

Lo que causa el terror no es la muerte, ya por sí sola terrible, ni siquiera la causada con el deleite de infligir todo el sufrimiento posible. Ciertamente, en eso consiste el ensañamiento, en aprovechar la indefensión para infligir tanto daño como sea posible, pero sobre todo en dar cumplimiento al miedo en todos sus extremos, es decir, en que la desgracia supere a su temor y el miedo se convierta en terror.

Por eso hay ensañamiento en toda clase de tortura, o en la muerte de cualquier persona inmovilizada, incluido un periodista en una sede consular bien custodiada. Cuanto más reducida, incapacitada o indefensa está la víctima, más alevosa y menos justificable resulta su muerte a manos de quien dispone de él. Pensar que ese terror asegura al poder que lo produce es una torpeza: por mucho que prolongue su duración será, sin duda, la causa segura de su final.

Y es que el problema del terror que se produce desde el poder no consiste solo en que lo padece también quien lo causa, sino en que antes o después dicho terror causará el final de lo que se quiere preservar. Por eso los dictadores y los sistemas totalitarios son tan conspiranoicos: presienten, aunque sea inconscientemente, que su propio poder y cómo lo ejercen conspira por sí solo contra ellos, procurando su propio final como el más astuto y empedernido conspirador. Por eso creía Paz que no podía haber un tirano confiado.

Pese a todo, de ese modo disfrutan del poder quienes no podrían lograrlo de otro modo, y de ahí que les parezca que merece la pena. Pero el ejercicio del poder incluye una demanda interior de justificación que nadie puede satisfacer, tampoco ante sí mismo, alegando ser el más cruel, ni siquiera entre aquellos que lo serían si pudieran. Por eso, mucho más eficiente que amenazar con el terror, es atemorizar con el terror que sobrevendría si el poder lo tuvieran otros.

Esa modalidad de utilización política del terror es más actual y adaptable a los sistemas democráticos, y de ahí que la profecía terrorífica forme parte desde antiguo del arsenal de los argumentarios electorales.

De todos modos, ni el más depravado y cruel dictador de la antigüedad perduró en el poder sin favorecer a muchos más de los que agraviaba. El miedo tiene que ser selectivo. Y así sigue siendo en la actualidad, incluidas las sociedades democráticas más desarrolladas: si el número de agraviados supera al de los satisfechos no hay esperanza para el poderoso. Así que la forma contemporánea del terror político es la amenaza de recortes de prestaciones, subvenciones o servicios para unos, y la subida de los impuestos para otros. Pero la ecuación es la misma en ambos casos: perjudicar a menos de los que se beneficia y dar miedo a todos.

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