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Soserías

El escupitajo

En la vida parlamentaria anidan formas de expresión muy diversas y yerra quien cree que es solo la oratoria la que se practica en los hemiciclos.

Solo quien no ha asistido jamás a un debate entre sus señorías puede tener tan pobre opinión de ellos / ellas. Es verdad que existe el orador diserto, de verbo fácil y fecundo, que sabe evocar imágenes felices y convocar a las musas más dadivosas pero también hay el que se desempeña con torpeza, trabucando los conceptos y liándolos como nudos de una alfombra, oradores que podríamos llamar espesos, herméticos y aun esotéricos. Ambos tienen sus virtudes y sus defectos: el primero aporta una claridad que no siempre es benéfica para las leyes porque el jurista vive del embrollo y de un cierto revoltijo en las palabras. Yo prefiero por eso al segundo, pues es maestro de la jerigonza, suprema argamasa de la jurispericia, como si dijéramos la levadura que la hace fermentar.

También es muy apreciado el discurseador que vaga y divaga errante entre las palabras y las ideas porque es una especie de excursionista que nos conduce por una vereda alicatada de sorpresas. Se trata de un experto en transitar y también en escapar cuando la argumentación se hace abrupta y las lianas de las nociones se hacen más y más enigmáticas.

En alguna ocasión he hablado del discurseador monologante. Es aquel a quien el presidente no ha concedido la palabra y se ve obligado a decirse a sí mismo el discurso, accionando con las manos como si estuviera dirigiéndose a un público que es invisible pero que él siente cercano. Y así como hay tribunas para los invitados debería haberlas para la audiencia de estos diputados monologantes, tribunas vacías de seres humanos pero llenas de cuerpos de aire.

Luego está Su señoría aplaudidora. En los regímenes comunistas es la única que existe porque tan solo el amado líder puede perorar.

Gran tradición atesora asimismo Su señoría pateadora, que se manifiesta con los pies y preciso es aclarar que no siempre su gesto significa reprobación, pues a veces es tal la identificación con el orador que las manos se le quedan cortas para expresarse. De ahí el recurso al pinrel. En las óperas ocurre igual ante un aria especialmente afortunada.

En el pasado, cuando se usaban sombreros y bastones, estos eran también apoyos elocuentes de la efusión de sus señorías y volaban entre los escaños como palomas en busca de estatua.

Nosotros acabamos de inventar en las Cortes, en nuestro Congreso de los Diputados, el diputado escupidor. Se equivoca quien cree que es muestra de falta de respeto o de suciedad por parte del lanzador o de ultraje hacia el destinatario. Por el contrario, el escupidor es quien, entusiasmado con las palabras del colega o del ministro que ocupa el banco azul, se le acerca y le lanza un gargajo como muestra suprema de adhesión, de lealtad y -a veces- de amistad sólida.

Muy bien se hubiera podido quedar él solito con su expectoración, embarazada de bacterias, pero en un gesto de desprendimiento lo quiere compartir con quien, a su juicio, lo merece. Es un ademán de liberalidad y como tal ha de valorarse.

Solo un tipo estirado, un sujeto envarado y quisquilloso, puede tomarse a mal el signo de afecto que supone advertir cómo un lapo ha logrado depositarse en su gloriosa mejilla ministerial como un lunar.

Por consiguiente debemos los españoles sentirnos orgullosos por haber sabido incorporar el escupitajo a los haceres parlamentarios de la misma manera que introdujimos el cuartelazo para proceder de manera expeditiva al cambio de régimen político cuando este se hacía correoso y pelmazo.

El escupitajo es el atajo de la oratoria.

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