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opinión

Algunas lecciones históricas

Cataluña ha estado muy presente en las recientes elecciones andaluzas, de la mano de las opciones políticas representativas del nacionalismo español heredero de Cánovas y Menéndez Pelayo (Partido Popular, Ciudadanos y Vox), que han explotado, como era previsible, el intento secesionista catalán, hasta mucho más allá de la razonable, ya que su aptitud extrema imposibilitará cualquier encauzamiento del conflicto a corto plazo.

El resultado electoral ha decantado una mayoría de derechas muy radicalizadas - todas ellas - en relación con los subnacionalismos (especialmente el catalán), con el enunciado de propuestas que van desde la recentralización de algunas políticas, hasta la eliminación del estado autonómico.

Entiendo que los nacionalistas catalanes son bien conocedores de la historia de España (de la que forman parte) y, en consecuencia, los supongo avisados de la pulsión autoritaria con la que la España centralista ha reaccionado históricamente ante los "escarceos" de los nacionalismos periféricos. Los sucesos del año 1640 y la subsiguiente rendición de Barcelona del año 1714, fue seguida de la supresión de todas las instituciones catalanas. La Mancomunitat de Catalunya de 1914 concluyó con su disolución a cargo de la dictadura de Primo de Rivera, quien reprimió fuertemente el catalanismo en todas sus manifestaciones, y, finalmente, los excesos protagonizados por Francès Macià y Lluys Companys -incluida su traición a la República- desencadenaron una terrible persecución de los nacionalismos por parte del régimen franquista, con las consecuencias de todos conocidas.

La Constitución de 1978 intenta dar respuesta al problema territorial español en clave de pluralidad, de tal suerte que instituye un Estado fuertemente descentralizado en el que se plasma un equilibrio histórico entre el nacionalismo español y los nacionalismos periféricos atendiendo al concepto de "doble patriotismo", muy presente hasta fechas bien recientes en Cataluña, hasta que la razón cedió su espacio a las emociones y se desataron todos los demonios y los agravios históricos.

John H. Elliott, en su reciente y brillante ensayo sobre los procesos de Cataluña y Escocia, recupera a Vicens Vives, quien perfilaba a los catalanes, entre dos características psicológicas diferenciadas, el seny y la rauxa. "El seny es el sentido práctico que procede de una apreciación realista de las posibilidades, mientras que la rauxa implica el repentino abandono de toda mesura y razón cuando la pasión se apodera de las masas".

Si damos por buena esta aproximación al carácter catalán, estamos en pleno reinado de la rauxa, y como quiera que a tenor de las opiniones del historiador catalán, esta es siempre transitoria, siendo la normalidad la prevalencia del seny, acaso haya alguna razón para la esperanza, a partir de una serena reflexión, por parte de los nacionalistas catalanes en torno a las posibilidades que les ofrece el actual estado de cosas de la política española -reinterpretada a la luz de las elecciones andaluzas- unido a las experiencias históricas mencionadas, concluyendo en un reposicionamiento político, favorecedor de acuerdos que salvaguarden y, en su caso, mejoren, el actual nivel de autonomía política, renunciando a ensoñaciones en clave de patriotismo nacionalista que, en palabras de Caro Baroja, "reporta ventajas a corto plazo, pero produce, a la larga, grandes catástrofes".

El nacionalismo catalán se enfrenta, aquí y ahora, a un dilema crucial: o negocia soluciones pactadas con el actual Gobierno de la Nación, respetuoso con la pluralidad de España, y sensible al autogobierno catalán (y ello pasa por asegurar su continuidad por la vía presupuestaria) o apuesta por la opción unilateral, con la consecuencia que la historia nos señala, que no es sino la enésima reacción visceral de la España doctrinaria e intransigente, que se ha asomado, sin complejos, al escenario político, el pasado domingo en Andalucía.

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