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la mirada femenina

Limburg, Mari y los estertores de la muerte de los crustáceos

Limburgio tenía nombre de barco y cuando nos llevaba al colegio, como teníamos hora larga de camino, aprovechaba para contarnos sus bata-llitas.

Me encantaban las historias de Limburg, como le llamábamos cariñosamente. Me hubiera pasado el día en aquel amplio coche blanco dando vueltas a la isla y escuchando su voz, mucho más interesante que la de los profesores del colegio. Aquella voz medio entrecortada y con una buena dosis de acento canarión bien cerrado.

Recuerdo que Limburg siempre estaba contento y que a veces nos compraba chuches. Y se le notaba que le gustaba estar con nosotras por su media sonrisa. Limburg era todo un seductor. Además, aquel bigotito bien afeitado le daba un inconfundible aire a Clark Gable.

¡Chacho, mis niñas, no sean quíqueras! Soltaba agobiado al volante cuando nos oía discutir a mí y a mis hermanas. Las quíqueras son las gallinas canarias. Y luego se pasaba la mano con cuidado por el cabello engominado no fuera a ser que algún mechón se le hubiera rebelado y salido de sitio.

Y cuando no hablábamos, escuchábamos música. Recuerdo el recién estrenado Thriller de Michael Jackson, el primer disco de Mecano, Mocedades y también, como no, los grandes hits de Abba.

Yo pedía a Limburg que me pusiera la canción de Chiquitita una y otra vez.

En aquellos días nos sabíamos las letras de las canciones de memoria y rayábamos los discos de tanto escucharlos. Incluso cantábamos en inglés sin conocer aún el idioma, y nos las arreglábamos para darle nuestro propio sentido.

Mari se comía los ojos de los pescados.

Al principio pensé que no podría quererla porque parecía una auténtica caníbal y me moría de asco cuando la veía relamerse. Pero poco a poco, Mari se convirtió en alguien indispensable en mi vida. Como decía mi madre, que siempre andaba liada con mis hermanos pequeños, Mari no sabía hacer ni un huevo frito pero en cambio jugaba con nosotras de maravilla.

Mari se reía de todo. Parecía una niña pequeña que siempre oculta alguna travesura. Era una mujer de mar, y nos transmitió el amor a la naturaleza y su sentido de la libertad.

Cuando llevaba a mis hermanas a mariscar a las rocas yo me ponía de morros porque la idea de que algún ser vivo muriera me ponía mala. No podía soportar ver cómo los pececillos se asfixiaban fuera del agua.

Los niños llenaban los cubos de pescaditos y lapas, cangrejos y caracolas. Y yo les pedía que dejaran a aquellas criaturitas de nuevo en los charcos de las rocas pero no me escuchaban.

Nunca me llevo nada que no sea mío, ni una sola piedra. Me gusta cuidar los espacios y ecosistemas en los que me encuentro. No necesito desbaratarlo todo para pasarlo bien.

Cuando se despistaban con otra cosa, yo iba y arrojaba el contenido de algunos cubos al mar. Entonces había quien se enfadaba conmigo, como no, y Mari me decía:

¡Ay, Susita! Eres demasiado sensible, mi niña.

Pero lo decía de una manera como si ser sensible me fuera a dar muchos quebraderos de cabeza.

¿Por qué aquellos últimos coletazos antes de morir, los estertores de la muerte de aquellos pequeños seres, me dolían tanto?

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