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ANÁLISIS

La coherencia incongruente

Paco Herrera saca por primera vez un 'once' en el que todos los futbolistas juegan en su posición y la UD mejora, sin embargo, luego lo desarma y tira de populismo

La coherencia a la hora de tomar decisiones, en el fútbol, no garantiza el éxito, pero ayuda. Ayer Paco Herrera tiró de ella para conformar el once y a la UD le fue bien: realizó sus mejores 45 minutos desde que tiene por jefe al catalán. En ese tiempo, Las Palmas marcó un gol y falló tras ocasiones muy claras para dejar sentenciado el partido. Sin embargo, todo lo bueno que hizo el técnico con su planteamiento inicial lo tiró por la borda en la segunda parte con unos cambios llenos de populismo e incongruencias.

El cuadro amarillo, después de mucho tiempo, saltó al césped del Gran Canaria con 11 futbolistas que iban a jugar en sus respectivas posiciones. En el lateral derecho ya no figuró un central como Eric Curbelo y en el extremo izquierdo ya no lo hizo un delantero centro como Rafa Mir. La entrada de Lemos y Fidel dotó al equipo de una cierta cordura pocas veces vista anteriormente, quizá porque debe de ser difícil dejar en el banquillo a dos supuestos killers cuando, además, la UD acusa una falta de gol alarmante.

El transcurso de los minutos llenó de razones a Herrera. Con un pivote -Peñalba-, dos interiores -Ruiz de Galarreta y Timor-, dos bandas bien abiertas -Blum y Fidel- y un delantero -Rubén Castro-, cada uno en su sitio, Las Palmas generó juego, dispuso de oportunidades y obtuvo el premio por méritos propios y no producto de la casualidad. No. Merecía ir por delante y lo consiguió.

Entre las congruencias que sobrevolaban ayer por Siete Palmas no sólo estaba la ubicación de los jugadores, sino también la apuesta por las alas, con las que el equipo, probablemente, había desplegado su mejor fútbol -ante el Tenerife y el Córdoba, pese a no ganar ninguno de los dos partidos-. Y también el mantenimiento de una convicción: que con ese trío de centrocampistas la UD gana en solidez.

Vuelta al pasado

Herrera, por tanto, pareció aparcar el miedo para abrazar la congruencia. A las buenas decisiones, además, se unió la ternura de un Sporting de Gijón demasiado blando y permisivo. Todo había salido a la perfección y la UD, a pesar de haber concedido dos ocasiones a su rival -una de ellas por un fallo clamoroso de Dani Castellano-, iba encaminada hacia el triunfo.

Sin embargo, como la coherencia en el fútbol no siempre da premios, ese mismo equipo dio un giro radical en la segunda parte no por culpa del entrenador, que nunca ordenó un paso atrás, sino por sus propios medios. Lo que sí hizo el preparador fue unirse a la fiesta con una nueva demostración de su desconcierto.

Primero iba a introducir a Momo por Timor. Como el púbico pitó, llamó de inmediato a Araujo para que entrara la mismo tiempo y convirtió los silbidos en aplausos. Por si fuera poco, luego metió a Mir, una vez, fuera de sitio. Y, como las decisiones incongruentes suelen conducir al fracaso, el equipo sufrió hasta el final. Fue la coherencia incongruente de Herrera. Pero los triunfos dan la razón.

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