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Tropezones

Ignorancia

Creo que pocos seres vivos son capaces de sorprender y fascinar como las flores. Existen ejemplares tan asombrosos como la "flor cadáver" de Sumatra, del tamaño de una persona, que florece una vez cada 15 años en una orgía de colores, y con una particularidad inesperada: un hedor insoportable a carne podrida. Y como castigo por su fetidez, se marchita al cabo de tres días. O como las increíbles proteas, que tuve la suerte de contemplar en Sudáfrica y cuyo nombre alude, por su gran variedad, a la facilidad de Proteo de cambiar de forma. Alguna de ellas, tal la Protea cinaroides, con un aspecto de pequeña coliflor petrificada, parece arrancada a la prehistoria.

Por dicha razón, cuando el otro día inquirí de un conocido sobre el nombre de unas flores silvestres de su región, con un color añil de llamativa e inesperada intensidad, me dejó perplejo su contestación: "Ah, no sé. Para mí son flores". Dicho además con un tono muy ufano, casi con cierta vanidad en su exhibición de absoluta indigencia en saberes botánicos.

Pues a una persona así le iría como anillo al dedo la definición de ignorante que nos brinda Karl Popper: "La ignorancia no es una falta de conocimientos, sino el rechazo a aceptar los conocimientos".

Y ya puestos en la misma vena, ¿no cabría calificar de ignorantes a algunos extranjeros que conocemos, que llevan en este país veinte años, y siguen hablando en infinitivos o en gerundios, lo justito para hacerse entender, pero abismalmente lejos de poder mantener una conversación que se salga de las necesidades vitales básicas del interlocutor?

U otros conocidos o incluso amigos, que se resisten a dar el salto de lo analógico a lo digital, privándose del acceso a un mundo extraordinario de información y sensaciones, alegando las más peregrinas, y consabidas, justificaciones; "no quiero convertirme en esclavo de los nuevos móviles", o bien "me las arreglo muy bien como estoy".

Yo querría poder trasladar a estos conservadores recalcitrantes que en mi propia experiencia lo que rige es exactamente lo contrario. Por abstruso que pueda parecer un tema a simple vista, la mera implicación y profundización en los fundamentos del mismo suele abrirnos perspectivas fascinantes e insospechadas. Es suficiente para ello, superar el listón de la natural pereza inicial ante el esfuerzo de abordar algo nuevo, para empezar a recoger unos frutos inesperados. Por poner un ejemplo todos tenemos algún amigo o conocido que iba pongamos que para economista, pero que por razones insuperables ajenas a su voluntad hubo de decantarse por la arquitectura, convirtiéndose, tras el desconcierto inicial, en un puntal de su inesperada profesión. Y sorprendiendo el éxito además a la misma empresa: "¿Pero quién me iba a decir que acabaría cautivándome tanto la arquitectura?"

En resumidas cuentas, que si les invitan a una conferencia sobre el arte etrusco, no se escaqueen, no se frustren. Sean curiosos. Asistan a la misma. Ahí puede estar esperándoles la nueva pasión de su vida.

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