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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

28-A y dopaje

No sé bien qué es un político dopado, vamos, si va a las elecciones puestísimo de anabolizantes, quiero decir. Ana Pastor, que no se dopa (hasta que se demuestre lo contrario), aseguró ayer que Pedro Sánchez se está metiendo por vía intravenosa jeringuillas de reales decretos a aspersión para ir al 28-A en posición ventajosa frente a sus adversarios. Los del PSOE ya dijeron hace tiempo que el PP estaba dopado de financiación ilegal, un instrumento que le daba bíceps (y muslamen) sobrados para articular verdaderas odiseas electorales. La introducción del dopaje en la confrontación política merecería, claro está, averiguar si es necesario o no un control antidopaje para los candidatos. Sería en dos vertientes: por un lado, determinar si llevan encima o no sustancias estimulantes, o bien todo se debe a los herbolarios y masajes. Y, por otro, la cuestión más compleja: adivinar, por ejemplo, si el candidato está dopado de reales decretos u otros materiales que lo fortifican frente al electorado. Se trata, en todo caso, de la versión más común del problema, porque queda meridianamente claro que un aspirante a un escaño se puede dopar hasta con el olor a vaca que está en la atmósfera de su pueblo, el beso de su esposa, el abrazo de oso de un empresario, el seguimiento masivo en internet de una frase pronunciada a la hora del desayuno, la visita a un colegio... Para no liarnos, acerquémonos a Pablo Casado y Pedro Sánchez, dos candidatos, que, a mi juicio, están dopadísimos. Del primero, sus discursos no dejan duda alguna, tiene una termomix de disparates con los que se dopa hasta la vejiga urinaria, mientras que el segundo tiene su libro sobre la resistencia y la resiliencia para echarse a diario una rociada de dopaje. Sólo le basta con leer uno de sus párrafos y acallar la bestia.

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