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Su voto, a un clic

Si usted tiene propensión a freír a likes los muros de las redes sociales, si colgó en un arranque de euforia su selfie delante de una pancarta de la manifestación del último 8M o si tiene por costumbre dejar su opinión en el apartado de comentarios de las páginas web de noticias, sepa que se ha convertido en un firme candidato o candidata a la lista de objetivos sensibles de los partidos para la cosecha de votos en este frenético año electoral. La nueva ley que regula desde finales del año pasado nuestra privacidad online habilita a los políticos para que exploren nuestro territorio personal en internet, para tratar de descubrir de qué pie cojeamos. La versión "poli bueno" argumenta que los partidos están interesados en conocer nuestras inquietudes para poder prestarnos un mejor servicio, pero algunos entendidos sugieren que será todo lo contrario y que en realidad esta ley facilitará que nos bombardeen propaganda por tierra, mar y aire y que lo hagan dorándonos la píldora con aquello que cada cual, en su particular visión del mundo, quiere oír y además en privado. Por cierto que esta norma logró en otoño lo que no consiguieron los presupuestos generales en las Cortes; que todos se pusieran de acuerdo para aprobarla.

Si el marketing ya ha descubierto cómo entrometerse en nuestra rutina digital, mediante impactos visuales de pesadilla que le recuerdan, por ejemplo, que hace un par de meses anduvo trasteando en Google en busca de ofertas de viaje a las Seychelles, imagine qué víacrucis le espera cuando tenga todo el santo día a los presidenciables, alcaldables y demás aspirantes del bombo de cargos asomados a su WhatsApp o a su cuenta de Telegram, prestándole hombro y oído para escuchar sus quejas con fingido estoicismo, como si fueran su madre. Pero lo más siniestro del asunto es que nadie garantiza que esas bases de datos con información sobre las tendencias e inclinaciones de los usuarios de las nuevas tecnologías (o sea, todos prácticamente) no serán utilizadas para confeccionar perfiles ideológicos, con los que acertar mejor el tiro. Es casi imposible impedirlo a priori, como también lo es evitar que se fabriquen mentiras que se hagan pasar por ciertas y corran de tuit en tuit, hasta que le explotan a uno en la cara y tiene que desmentirlas a golpe de matiz. Nuestros movimientos en Internet se convierten en una herramienta de mercancía electoral hecha a medida para una audiencia segmentada según sus manías y simpatías.

En la película Brexit vemos cómo los ideólogos del "Let's take back control", que ganaron el "sí" a la desconexión del Reino Unido de la UE, construyeron una parafernalia tecnológica con la intención de "hackear el sistema político". Consistía, básicamente, en un rastreo masivo y sistemático de las herramientas digitales para detectar las aspiraciones y las fobias de los ciudadanos y también en sembrar un cierto caos por esos mismos medios para decantar a su favor a los indecisos, algo así como un pucherazo emocional. Si un votante desea que los cerdos tengan alas y alguien le garantiza que eso es posible, ¿qué clase de sesgo se está contribuyendo a normalizar? "Todo el mundo sabe quién ganó, pero no todo el mundo sabe cómo", dice Benedict Cumberbatch, transmutado en Dominic Cummings, el cerebro de la campaña del "leave".

Con la utilización de internet, los correos electrónicos y las redes sociales en los próximos ciclos preelectorales da la sensación de que puede suceder algo parecido, y más cuando los políticos deberán hacer frente a casi tres meses de prohibición de inauguraciones y de propaganda de logros institucionales. Un trimestre es un síndrome de abstinencia demasiado largo. El universo IT nos parece todavía tan inconmensurable que excluir a los partidos de la política de cookies suena a osadía sin red, por mucho que a los demás nos fastidie tener que darle todo el tiempo al botón de términos y condiciones. Una alternativa es la "Lista Viernes", que ha creado un grupo de juristas expertos en ciberseguridad, y a la que cualquier persona puede apuntarse expresando su deseo de no recibir spam electoral. No es vinculante, pero nace con la confianza de que al menos algunas formaciones respetarán su contenido voluntariamente y, sobre todo, señala la preocupación de quienes entienden de cuestiones legales por la posibilidad de que, a pesar de las sospechas que han planeado sobre campañas tan cacareadas como la de Trump en Estados Unidos o Bolsonaro en Brasil, todavía no hayamos comprendido que no estamos manejando ningún juguete.

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