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TROPEZONES

Breverías 60

Creo haber comentado en algún artículo anterior la costumbre de ciertas personas de hacer de la ignorancia un mérito. Ya saben, esas que ante una pregunta a la que no saben contestar responden con suficiencia: "¡ni idea!" Otras llegan más lejos y adjetivan con orgullo su inopia:"¡ni pajolera idea!"

Pues bien, vengo observando que muchas de esas mismas personas, maceradas en sesiones continuas ante el televisor acaban por transmutarse, sin el menor pudor y por un extraño mecanismo de ósmosis visual, en especialistas de las disciplinas más complejas. En tiempos de crisis, las recurrentes tertulias televisivas sobre el tema parecen convertir a estos presuntos ignorantes en brillantes especialistas en "primas de riesgo" y en expertos a la hora de ponderar la "cotización del barril de Brent". En otras ocasiones, como el desgraciado rescate de un niño tragado por un pozo, publicitado hasta la extenuación, sus sesudos comentarios en la barra de la cafetería giran alrededor del "encamisado del pozo", o de las "microvoladuras" de las rocas que se interponen en las excavaciones de los mineros.

Sin querer menospreciar la faceta formativa de la tele, me da que cualquier sonda o cata virtual del bagaje adquirido de tal guisa tocaría fondo en la zona más epidérmica del mismo.

Hace un rato, en la cola de la ventanilla del banco me ha ocurrido algo extraño, aunque supongo que previsible en los tiempos digitales que corren.

La mujer que me precedía en la cola, de mediana edad y aspecto distinguido, llevaba una elegante chaqueta entreabierta. Ante mi estupor la chaquetilla parecía ocultar una pantalla en la que aparecían señales luminosas, como desde un ordenador agazapado. Empecé a especular sobre distintas posibilidades, desde un holter digital para monitorizar la actividad cardíaca de la interesada hasta un robot en forma de mujer puesto por algún avispado emprendedor para ahorrarse las colas. He de confesar que esta última opción me resultaba atractiva, barruntando algún modo de desconectar la mujer robot para ipso facto saltarme el turno en la tediosa cola.

Hasta que la curiosidad se impuso y no me quedó más remedio que interpelar a la señora, para poner fin a mi zozobra. Afortunadamente mi colega de cola reaccionó con suma amabilidad, abriendo su chaquetilla y desvelándome el misterio. De la blusa interior colgaban unas grandes gafas de cristales verdes metalizados, que se limitaban a reflejar los fluorescentes del techo del establecimiento. Con un simple ademán o gesto de impaciencia de la dueña de los anteojos se producían los inquietantes grafismos digitales que tanto me habían alarmado.

Ante mi desconcierto, la mujer se rio de buena gana. Tras lo cual el episodio terminó felizmente, pues nos pusimos a pegar la hebra, haciendo mucho más llevadero lo que faltaba de nuestra común espera.

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