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La Provincia - Diario de Las Palmas

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LA SUERTE DE BESAR

María

Tener unos buenos abuelos es un privilegio. Con ellos se genera un vínculo único, no hay relación comparable. Ya se han liberado de la presión de tener que educar, de tener que recordar que las cosas han de pedirse "por favor", que la comida no se coge con la mano, que hay que masticar con la boca cerrada y que hay que ceder el asiento a una persona mayor. Ya están de vuelta de las convenciones. Ellos están para derrochar incondicionalidad, apoyo y para recordarnos lo bueno que hay en nosotros. Es algo parecido al primer año de noviazgo. Cuando, a pesar de salir con un chico tirando a grueso y con una calvicie incipiente, te atreves a describirlo a tus amigas como un hombretón de cuerpazo y pelazo envidiables. Miento, los abuelos sí ven nuestras debilidades y carencias, pero no les dan excesiva importancia. Ellos van a lo esencial, a lo que de verdad importa. Un buen abuelo, una buena abuela marca. Vaya si marcan.

Mi abuela caminaba sobre la arena de la playa todas las mañanas. Llegaba a primerísima hora, con su vestido color verde y blanco y una toalla sobre los hombros. Tras decenas de playas arriba y de playas abajo, se lanzaba al mar a nadar y a hacer bicicleta con las piernas. Descansaba haciendo el muerto, cerraba los ojos y disfrutaba del sol en la cara. Si alguien se acercaba lo suficientemente a ella, se podía oír cómo alababa el hecho de vivir.

El entusiasmo por las cosas sencillas fue una de sus grandes enseñanzas. Como la mayoría de abuelas, era una gran cocinera. Con cuatro cosas de la nevera hacía milagros. Un pan cuit, una tortilla con perejil, un calamar sofrito con ajos o un arroz de pescado. No creo que disfrutara especialmente de cocinar, pero parte de su afecto lo demostraba con la comida, alimentando a la familia.

En los últimos años, a pesar de que, a veces, no recordara el parentesco exacto de todos los que comíamos en su mesa, tenía claro que nos quería y que, por eso, nuestro plato debía estar lleno. Otro aprendizaje: preparar la comida y alimentar (bien) son actos de amor. A mi abuela le gustaba aprender, se diplomó en Magisterio y jamás dejó de estudiar. Leía los periódicos, le apasionaba la historia de España, recordaba citas de filósofos y era intelectualmente inquieta. Sabía para qué servían las hojas de ortiga, los beneficios del cardo mariano y, durante un tiempo, elaboró un mejunje extraño que, según ella, ayudaba a reforzar el calcio de los huesos.

Un día lo probé y aún no me he recuperado. Siempre compro las vitaminas en las farmacias. Jamás la oí criticar y nunca manipuló emocionalmente a nadie. No nos obligó a comer juntos los domingos, ni insistió en que fuésemos a verla. Todo lo contrario. Nos empujaba a ser libres y a hacer lo que nos apetecía. Por eso, comíamos con ella la mayoría de domingos y la visitábamos constantemente. El día de su funeral, hace apenas una semana, una buena amiga suya me contó que, hacía poco, se habían encontrado y que ella le dijo: "No recuerdo exactamente quién eres, pero sé que tú y yo nos queremos".Así era mi abuela, María, una mujer que sabía lo esencial de la vida.

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