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No es juego, es riesgo

En Podemos han decidido plantar cara a las casas de apuestas. Exigen que se limite su publicidad, abrir a partir de las diez de la noche y que se alejen de los centros escolares. Cierto es que, a tres semanas de unas elecciones generales, toda propuesta tiene visos de acabar siendo papel mojado. Aunque así ocurriera, es de agradecer que un partido político muestre su preocupación por el descontrol de los juegos de azar. Puede parecer un tanto exagerada la comparación que realizan con la epidemia de la heroína de los años ochenta, pero no hay duda del grave daño que este tipo de juego genera para la salud pública. El asunto es preocupante y, cuando menos, se han tomado la molestia de sacarlo a la luz pública. Ya es algo.

La idea no es descabellada. Al fin y al cabo, solo se pretende prevenir la adicción al juego utilizando las mismas limitaciones que se aplican respecto al consumo de alcohol o de tabaco. Ante conductas con similar riesgo para la salud, cabe esperar que se apliquen idénticas medidas de regulación. Las adicciones, sean a sustancias o a conductas como el juego, acaban siendo distintas ramas de un mismo tronco: la impulsividad. Ahí radica el problema de base. Raro es que uno de estos problemas no se presente acompañado de otro, de tal modo que se retroalimenten entre sí. No hay que olvidar que, el juego y el abuso de alcohol y otras drogas, van de la mano.

De entrada, se reclama prohibir la publicidad de las apuestas y razones sobran para ello. En los juegos de azar ?y en las apuestas, en particular- se repite el mismo patrón que, años atrás, caracterizara a la publicidad de tabaco y bebidas alcohólicas. De una parte, el recurso a personajes mediáticos que, conscientemente o no, acaban por convertirse en parte activa del daño producido. De otra, el patrocinio deportivo. Es incongruente asociar éxito personal y deporte con el riesgo para la salud, pero no existe gobierno alguno que mueva ficha. Algo tan incoherente como el hecho de que, frente a un colegio cualquiera, vayan creciendo las salas de juego como setas. Cuando menos cabría esperar cierto disimulo.

Obviamente, detrás de la permisividad subyacen los intereses económicos. Solo las apuestas online movieron, en el último año, la friolera de 17.350 millones de euros en España. Para hacerse una idea de su magnitud, la cantidad es prácticamente equivalente al coste anual de las prestaciones de desempleo en nuestro país. O, si lo prefieren al gasto conjunto de los ministerios de Interior y de Defensa. Cosa seria. El volumen de dinero que se mueve es espectacular, con un ascenso anual del 30% y triplicándose en apenas cuatro años. El problema, como es evidente, se centra en los daños colaterales que produce un negocio claramente ineficiente para la sociedad. Por mucho que se intente maquillar la realidad, el beneficio se sustenta en el riesgo para la salud de gran parte de sus clientes.

Los datos oficiales más recientes apuntan a que un 6% de la población española tiene problemas con el juego. Eso indica el estudio realizado, en el año 2015, por la Dirección General de Ordenación del Juego del Ministerio de Hacienda. A medida que el problema se agrava, las empresas del sector niegan la mayor y defienden que su relación con el juego patológico es un mito. Sin embargo, el estudio de Hacienda advierte que el 38% de quienes juegan en casas o salas de apuestas presentan problemas con el juego. Las apuestas son, con mucho, el juego de azar que conlleva mayor riesgo probabilidad de desarrollar una ludopatía. La tasa supera con creces a la de tragaperras o casinos y, por supuesto, queda muy lejana del más asumible 9% que caracteriza a las loterías.

Detrás de estas diferencias se esconde el principio básico que favorece la aparición de una adicción: cuanta más rápida pueda presentarse la gratificación a una conducta ?en este caso, la probabilidad de premio-, tanto mayor será su potencial adictivo. De ahí que la tendencia actual se dirija a desarrollar juegos de azar con recompensas inmediatas. Ojo, que no es lo mismo esperar a conocer el resultado del cupón diario o de la lotería del sábado, que darle alas a la impulsividad y dejarse el dinero en los variopintos «rascas» de una ONCE que, por cierto, también sigue la misma dirección de las casas de apuestas. Y es que, en este negocio, ya quedan poco santos.

Las empresas del sector realizan su particular lavado de cara con el recurso a la responsabilidad individual. Siguiendo la pauta habitual repetida con otros productos nocivos, el objetivo se centra en situar la causalidad del problema en el cliente y nunca en el operador. Argumentando que avisan del peligro, las casas de apuestas pretenden convencernos de que están libres de toda culpa. Lo curioso es que son ellas mismas quienes, en sus campañas de marketing social, reconocen que la ludopatía es un trastorno del control de los impulsos. Cosa bien distinta es que sean conscientes de qué diablos están hablando. Habrá que recordar que la naturaleza del juego patológico radica en una impulsividad que, por su propia naturaleza, escapa al control voluntario. No es aceptable que, quienes facilitan la aparición de la ludopatía, deriven su responsabilidad hacia quienes padecen la enfermedad.

Especialmente grave es el riesgo de adicción entre los más jóvenes. Dicen los operadores que nada tienen que ver con ese problema. Sin embargo, sus medidas de control carecen de efectividad. Puede ser que los menores no sean parte sustancial del negocio, pero no cabe duda de que sí lo serán una vez "fidelizados". No se trata tanto de obtener beneficios entre menores de edad, sino de asegurarse futuros clientes. Y pescar en este caladero es fácil: el 44% de quienes empiezan a jugar antes de los 18 años acabarán siendo adictos o, en otros términos, clientes de alto rendimiento. Qué duda cabe de que, con cerca de 3.000 salas de juego e incontables maquinas en sport cafés y locales similares, el control de acceso a menores no está asegurado. Hecha la ley, hecha la trampa.

La propuesta de Podemos es oportuna, pero también invita a reflexionar. Incluso a los propios seguidores de Pablo Iglesias. Habrá que aceptar que, en determinadas situaciones, no cabe otra opción que recurrir a las limitaciones. Y, si se defienden este tipo de medidas frente a los juegos de azar, también debe actuarse de igual manera ante el consumo de ciertas drogas que parecen ser vistas con mejores ojos.

Por cierto, apostar no es una simple actividad de ocio, sino de riesgo. De mucho riesgo.

Bartolomé Pérez

Gálvez. Psiquiatra

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