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el ruido y la furia

El corazón

Aunque todos tenemos el corazón enredado en la muerte, siempre es una conmoción cuando el corazón de alguien a quien conoces, de pronto olvida un latido y tropieza consigo mismo y cae, y se interrumpe, y entonces es ya el día entero es un desajuste, una angustia, un descalabro.

Le tropieza el corazón a Íker Casillas y se nos para un poco a todos porque hay corazones así, que son comunitarios y a todos nos duelen cuando fallan. Por eso en la antigüedad, tras la muerte de los héroes, el corazón, y únicamente el corazón, se embalsamaba y era ofrecido a la veneración popular.

El corazón siempre ha sido muy literario. Es difícil admitir que solo sea una bomba hidráulica y no la sede de las virtudes y de las pasiones, del amor y del odio, entre otras banalidades.

También hay algo en el corazón que remite al cosmos. Justo cuando Galileo andaba dando vueltas a su tesis heliocéntrica, un tal Harvey, en una obra titulada De motu cordis (en la que entre otras cosas estableció la circulación de la sangre), de alguna manera vino a interpretar que el Sol era en el macrocosmos, respecto de la Tierra, lo mismo que el corazón en el microcosmos humano, refrendando así esa centralidad, ese reinado del corazón sobre todo lo demás. Alguna vez he oído a un amigo italiano decir este adagio: "Dinero perdido, nada perdido; tiempo perdido, algo perdido; corazón perdido, todo perdido". Los sureños es que somos muy del corazón, hablamos de él y con él todo el tiempo. De la raíz latina cor vienen cordial, concordia, misericordia y recordar. Y, ya más metafóricamente, hablamos de corazones leales, duros, abiertos, ardientes y heridos; y pueden partirse, abrirse o volcarse, según se sea, y estar uno con el corazón en la boca, en la mano o en un puño. O se nos puede helar, encoger, o de pronto nos lo roban o nos lo parten y entonces ya se te sale por la boca o te da saltos en el pecho y ya no queda más remedio que hacer de tripas corazón.

Quizás por eso, por tanto nombrarlo, un día se detiene, se para a escuchar. No nos gusta pensar en eso y en que esa mañana traerá la boca llena de luz, como el primer y el último día. Y todo es siempre porque no comprendemos bien las lindes del tiempo, ni su contaje, y aunque tengamos la certeza de que nuestro reloj solo sabe restar y que recorre sus distancias deduciéndonos pulsos, latidos, con la severa firmeza de los prestamistas, confiamos ciegamente en su perseverancia de máquina obstinada, en su vocación de eternidad.

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