Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Opinión

El jardín de las cenizas

El ser humano está constituido por un gran mapa de características que a su vez conforma una tipología a la que denominamos personalidad. Somos irascibles, pacíficos, exigentes, dominantes, complacientes, envidiosos, dominados, confiados, sospechosos, caprichosos, celosos, seguros, dubitativos, incrédulos, fiables, egoístas, altruistas, homosexuales, ateos, creyentes, inconformistas, clásicos, contestarios, heterodoxos, bisexuales, o de cualquiera otra condición, esperanzados o desesperados...

Con todo este multitudinario acopio de identidades y estereotipos, queda construida nuestra estructura mental y psicológica. De entre tantas y tantas cualidades y defectos que nos visten, destacaría la Esperanza como una de las virtudes no tan expuestas y sensibles a la perturbación, al desequilibrio y a la inestabilidad, como sucede en la dimensión de las emociones. Es un estado de ánimo no demasiado oscilante, no tan abierto a la movilidad en nuestro sustrato de salud, acuñada por la tan reiterada expresión "la esperanza es lo último que se pierde".

Almendreros, retamas, escobones, salvias, vinagreras, tabaibas, taginastes, inciensos, codesos y el insigne pino canario, por un lado; la perdiz, el conejo, el cuervo, el cernícalo, el búho chico, el gorrión, la paloma, el mirlo, el lagarto, el picapinos, el pinzón azul, la tórtola, el pájaro capirote, el "abobito", el "alcairón", el herrerillo, las ranas ... han sido riquezas que ha diseñado la naturaleza y las ha colocado al lado de nuestras casas y de compañeros de juego de nuestra infancia. Por ello, todo ser humano que ha sido concebido y parido en la cumbre de Gran Canaria, estará inoculado de este caudal de aromas y colores y en posesión de un registro indeleble de imágenes y aventuras con nuestra fauna.

Por si fuera poco este tesoro que nos han regalado, desde que abrimos los ojos, el Nublo, el Bentayga y el Chapín se aprestan a observarnos, vigilarnos y protegernos. Sólo cuando alcanzamos la madurez, adquirimos y compartimos el sentimiento de gratitud y profunda admiración hacia ellos.

Entre barrancos, laderas y piedras nos hemos herido jugando, nos hemos peleado, hemos sido felices y nos hemos moldeado. Y por lo tanto algún patrón común subyace en nuestro carácter y emocionabilidad. Por ello, si algo o ¿alguien? las hiere, sangra, maltrata, desprecia, ignora y mata, no tiene dignidad alguna; no nos respeta y es malévolo. No entiende de emociones, es incapaz de discernir el bien del mal y su mente está tan desanclada que no le importa privarse de disfrutar de las riquezas y dones que intenta aniquilar.

Los surcos de la tierra están otra vez abiertos sin haberse podido suturar. Grietas con lenguas voraces y candescentes que se tragan los supiros que aspiraban a aliviar. Sudores evaporados en la tierra con la intención de retoñar. Sueños que alimentan nuestros pesadillas con el deseo de que algún día se tornarán. Negruras que enlutecen la luz y los sentimientos, pero que nunca nos podrán acorralar.

Tejeda, siempre has sido un paraíso rebosante de colores, olores y hermosas entrañas. Sembradas entre tus cenizas laten muchas simientes que el fuego no te ha podido abrasar. Y aunque son muchos tus paisanos sobre cuyo negro lecho lloramos, pronto, muy pronto, un nuevo jardín te emergerá.

Compartir el artículo

stats