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ZIGURAT

Ni una vez más, si podemos

Desde aquí, mirando a Trasierra, se veía una columna de humo en formación, que de momento, por la carga de combustible que quemaba, más parecía una explosión, que se tornaba blanca, negra o ardiente, según se quemaba qué tipo de vegetación con el agua que le rociaban los aviones, que en ocasiones, por la frecuencia, parecía una guerra. Y lo hemos vuelto a ver otra vez con cara de asombro, como si nos hubiéramos olvidado de los anteriores, devastadores, que todo lo tragan porque todo es combustible a esa temperatura.

Dicen los expertos que parecía tormenta de fuego, que no se había visto nada igual nunca y estaba fuera de control por la increíble fuerza de las llamas. Ahí tenemos el pasto como estameña de ceniza, como papel carbonizado donde el fuego escribe su demanda. Y ahí tenemos a los seres humanos aligerando su peso y su paso, cogiendo los avíos para salir corriendo de sus casas, dejando a los animales atrás, y con la mirada puesta en las llamas que bajaban el lomo, que con suerte pasarían de largo.

No fue así. Y por unos días habilitaron refugios, evacuaron a 10.000 personas y algunos pueblos quedaron incomunicados, caso de Artenara. Que esto pase a estas alturas de la historia de las islas, cuando ya desde el libro Rojo de Gran Canaria se evidenciaba una preocupación por el monte -desde luego con intereses oligarcas- pero también en aquellos vedados, donde había ordenanzas que cumplir y tener el campo en condiciones y a los animales también.

Así fue durante muchos años. Este que escribe participó en su momento en las cuadrillas que sin mucha preparación hacían lo posible cuando algo se quemaba cerca de la cumbre.

Se iba con lo puesto, se hacía lo que se podía durante horas y te daban un bocadillo y agua, que reconfortaba algo el ánimo. Pero sabíamos que había que parar el horror como fuera.

También hay que decir que se segaban retamas o codesos, se recogía pinocha, se limpiaban las orillas y se permitía el tráfico de personas por los caminos hoy en desuso.

Esta vez, la enésima por la pasividad de los políticos, de ahora y de antes, que ven el campo lejano, bucólico, si es que lo conocen o van a hacerse la fotografía, que en esto no han cambiado mucho.

A un hombre o mujer de campo que se le queme el cacho o la cadena, y con ella los frutales y de paso el alpendre con animales, es la muerte segura. No solo hay un pedazo de vida larga en cada bocado, también está el alimento que sirve para completar la despensa, porque del campo ya nadie vive y se trabaja el doble: en el trabajo de lo que sea y en tu cercado.

Unas islas que un día nos merecimos, que se la merecieron los griegos, los fenicios, los romanos y los aborígenes, que las defendieron como lo que eran, un lugar singular, con una variedad única de especies, con unos complejos ritos agrarios, con una religión también rica en matices..., ahora no las merecemos. Y empiezo por los políticos: como seas de ciudad lo llevas claro porque no te enteras de nada, ni de lo que se puede comer ni de lo que no se debe ni tocar. Si eres parte del gobierno de turno y solo visitas los pueblos más bonitos de las islas, esos que parecen todos ahora hechos con legos, todos iguales para que los turistas dejen algo en el gourmet del Juan Fernández, estos pueblos que pierden su identidad a base de explanadas para aparcar guaguas y mas guaguas; esos pueblos llenos de tinajas y de "conjuntos escultóricos" como esperpentos al viento; esos pueblos que van a terminar de colores como no lo remedie alguien con dos dedos de frente...

Y el gobierno, un gobierno de izquierdas, federalista, asentado en una nacionalidad fragmentada, no puede estar más tiempo sin los recursos necesarios para las catástrofes naturales o artificiales, que ya se verá. Un pueblo con dignidad, como el que salió a la calle, a Las Canteras, a agradecer el inmenso trabajo de todos los hombres y mujeres que participaron en el control del fuego, no se puede permitir que le ocurra una vez más esta increíble catástrofe.

"Las circunstancias especiales que se están produciendo este verano por las altas temperaturas hacen que exista un alto riesgo de incendios por lo que objetivamente es necesario que permanezcan en las islas dos o tres hidroaviones del Estado". Estas palabras entrecomilladas las dijo el presidente de Canarias Paulino Rivero en el año 2012 a raíz del pavoroso incendio en La Gomera, que miren ustedes por dónde, llamó a Marruecos que mandó dos hidroaviones para ayudar en el incendio. La política exterior de Rivero, en aquel momento levantó ampollas, pero tenía razón: de tener que volar 3.000 kilómetros a 200 o 100, está el que una isla, y digo isla, porque en una de estas se consume toda, permanezca dándonos riqueza natural, alimentaría, turística y existencial: ¿o es que a nadie se le cae el alma a los pies cuando ve tamaño desastre?

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