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APUNTES

Como un tornado que arrasa la convivencia

El fenómeno de la vivienda vacacional ha irrumpido como un tornado arrasador en toda España; pero en Canarias está teniendo una incidencia particular, precisamente por las características propias del Archipiélago: la insularidad, la inherente limitación del territorio, y la condición turística. Únanse estos tres ingredientes y tenemos la tormenta social perfecta.

Cuando Las Palmas de Gran Canaria o Puerto de La Cruz (Tenerife) eran las dos ciudades turísticas por excelencia, en los principios del boom, gracias a los vuelos chárter, el low cost de aquellos momentos, y al nivel de vida del estado de bienestar europeo que, entre otras cosas, fomentó un antecedente de los viajes del Imserso, la avalancha de pensionistas nórdicos y alemanes... las ciudades no perdieron su sentido fundacional. Su alma. Decenas de miles de extranjeros convivían en paz y armonía con la población local.

No constituían una competencia; y encima, feroz, porque la carga la avaricia. Los turistas tenían a su disposición todo tipo de alojamientos, para todos los bolsillos y gustos: desde pequeños y, todo hay que decirlo, cutres hostales y pensiones, a lujosos hoteles pasando por toda clase de alojamientos intermedios: apartamentos, residencias, bungalós...

Pero la vivienda vacacional ha roto abruptamente todos los equilibrios, los consensos y la propia convivencia de las ciudades, de consecuencias no tan imprevisibles. En estos momentos ya empiezan a ser visibles los efectos perversos de haber dejado que el vecino tenga que competir con el turista por la vivienda. Igual que el dueño de Planeta José Manuel Lara revelaba, anticipándose a todos, que la mayoría de las familias catalanas habían comenzado a romperse ("Ya en muchos hogares la cena de Navidad ni es una cena de paz", nos dijo a un grupo de periodistas en la puerta del Hotel El Palace de Barcelona) por el subidón del separatismo, en Canarias ya hay muchas familias que han tenido que abandonar su barrio de toda la vida, empujadas por el subidón de los alquileres.

"Es imposible competir con quienes pagan 500 euros a la semana, cuando el salario medio está muy poco por encima de los 1.000", reflexiona, cabreada, una profesional de la clase media acomodada. "Con dos sueldos de 1.500 euros no se pueden pagar 1.500 o 2.000 solo de alquiler... Si esto sigue así vamos a volver a los tiempos de las cuevas del Provecho, que estaban casi pegadas al castillo de Mata, en las laderas, y a donde los cuarteles llevaban las sobras de la comida de los soldados..."

Este tornado no está produciendo solo un cambio radical en los consensos sociales; lo está rompiendo todo. El trato con los vecinos, saludarse en las escaleras, estar al tanto de sus problemas y preocupaciones, las relaciones de los jóvenes, las pandillas... si internet les da permiso... Todo eso es clave. De ahí nace la amistad, la solidaridad, todo lo que hace sociedad. Vida en común.

El ruido de las ruedas de las maletas en la madrugada, cuando llegan o se van los vacacionales; los jaleos propios de estos inquilinos por días... No hay que ser borrachos rusos o ingleses para causar molestias; los grupos de chicos peninsulares que quieren pasar un puente largo en Canarias vienen a divertirse, y la diversión ya se sabe cómo es. Y a la semana, "si te vi no me acuerdo".

El problema es que no se les puede echar la culpa solamente a los fondos buitre, por decir algo, o a inversores que han visto un negocio emergente, o a propietarios de edificios que están echando a sus inquilinos... Lo grave es que muchos propietarios de viviendas, que incluso siguen pagando la hipoteca, se están yendo a vivir con su padres para poner sus pisos en alquiler vacacional. Abuelos, hijos, nietos...

Las ciudades se fundan en la vecindad. Y, aunque muchos no se den cuenta, se están reconvirtiendo en ciudades de extraños. Muy lejos del lema de "una ciudad igual para ciudadanos iguales". Ante la pasividad de los poderes públicos y de muchos funcionarios, adoradores ambos, por convicción, interés o excentricidad papanata, de la gentrificación, que no se sabe muy bien si son incompetentes o idiotas o las dos cosas a la vez.

La solución no está solamente en construir más viviendas sociales, infinitas viviendas sociales. Porque ni esa es su función ni eso no soluciona el verdadero conflicto planteado. No va al fondo.

El proceso de la gentrificacion, sinónimo esnob y tecnocrático de elitización, con variadas motivaciones y disculpas, hace tiempo que ha comenzado en parte de Europa, también en Canarias. Se trata de ir elevando de nivel el centro de las ciudades, promover su reconstrucción, de manera que los vecinos de menor poder adquisitivo vayan desplazándose hacía barrios periféricos, o a pueblos o ciudades más asequibles. Por ejemplo: una buena parte de los vecinos del Puerto tuvieron que mudarse a Siete Palmas y las urbanizaciones de Tamaraceite, o de Telde y hasta Vecindario, con la oleada de peatonalizaciones, supresión de aparcamientos, y otras medidas de expulsión blanda.

Pero lo de ahora es más grave, abrupto y peligroso. Lo que se produce es una ruptura del contrato social en las áreas urbanas. Mientras tanto, las autoridades, sobre las que parece haber recaído la maldición de la mediocridad, hacen como el idiota del proverbio, que cuando el sabio señala las estrellas... ellos miran embobados el dedo.

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