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La Provincia - Diario de Las Palmas

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OBSERVATORIO

De los estados del clima al clima de los Estados

Comenta Alain Baldiou, desde su perspectiva netamente marxista, que el ecologismo actualmente en boga se ha convertido en una nueva forma contemporánea de opio para las masas. Una nueva religión apenas camuflada bajo el terror milenario, dice, tras la que se esconde una gigantesca operación de despolitización de los sujetos con el único fin a su entender de mantener el actual estado de cosas. No dudo de que pueda tener alguna razón. En la práctica hoy no hay nada mejor para eliminar competencia y entretener a las masas que un buen relato ecologista.

Por lo demás, no se puede obviar que el miedo ha sido siempre el mejor aliado del poder y el más eficaz instrumento para el control de las personas. Por ello, siempre es posible afirmar que el peor riesgo del cambio climático sería el de instalarnos en la cultura del miedo, permitiendo que el pánico nos paralice hasta impedir cualquier tipo de desarrollo económico, político y social.

El padre de la moderna etología y premio Nobel Konrad Lorenz decía ya así que con la ecología se puede acabar por confundir la realidad del discurso con la realidad de la naturaleza, cuestión en la que posiblemente coincidiría Timothy Morton que nos habla en su caso de la necesidad de pensar en todo caso en una ecología sin naturaleza.

Quizás deberíamos así considerar, tal y como afirma E. Swyngedouw, que al final no existe siquiera algo semejante a una Naturaleza singular a partir de la cual pueda construirse y realizarse una política ambiental o una planificación ambientalmente sensible. A su juicio "la obsesión por una Naturaleza que requiere ser sostenida se apoya en un revestimiento de ésta que eclipsa la posibilidad de formular preguntas acerca de soluciones socio-naturales alternativas, inmediatas y realmente posibles. Términos como Naturaleza o sus derivados más recientes como medio ambiente o sostenibilidad pueden acabar siendo significantes absolutamente vacíos".

Si las cosas fueran tal y como se exponen, a lo mejor deberíamos entonces por empezar a hablar no ya tanto del cambio climático, ni del estado de nuestro medio ambiente. Posiblemente lo más útil sería comenzar por reflexionar sobre el propio ambiente, cambio, clima y estado de nuestras organizaciones. Sobre nuestras capacidades de gestión y de administración de recursos, más que sobre los modos, forma o circunstancias bajo las que producimos o consumimos particularmente. Tratar en suma y en primer lugar de resolver la situación y el papel de eso que llamamos Estados o Naciones cara a la construcción de algún futuro mejor.

Por regla general, solemos concebir a nuestras sociedades como una suerte de sistema organizado sobre algún principio fundamental. De manera particular consideramos de hecho que la gestión de dicho sistema corresponde básicamente al poder político organizado fundamentalmente en torno a los modernos Estados Nación. Unos entes que sentimos de hecho como fundamentales para nuestra vida y que son sin duda parte importante y sustancial de toda la riqueza acumulada y de la producción y consumo de nuestras sociedades.

Por supuesto, podríamos decir que si hubiera algo incluso que caracterice a la historia moderna o a la misma modernidad ese algo sería posiblemente lo del surgimiento y expansión de los Estados Nación tal y como hoy los concebimos y entendemos. Tal es su importancia y valor que apenas dudamos de la necesidad de su existencia, afirmando por supuesto que los males y problemas de nuestro mundo no están en todo caso en ellos en tanto instrumentos de gestión; y, menos aún siquiera, en los grandes principios que inspiran el funcionamiento de nuestras administraciones y que han dado forma y racionalidad al ejercicio mismo de la actual función pública surgida del pensamiento taylorista y de la concepción de burocracia weberiana.

Ante esto, por lo general lo que se afirma es sencillamente que los males y problemas del mundo serían, en todo caso, culpa de algunos sujetos o de unos posibles representantes públicos malvados y perversos, resaltándose por lo común que el mal reside siempre en los privados o en las personas en particular que no sabemos comportarnos. De manera más discreta solemos en realidad resaltar que de haberlos los males serían como mínimo del sistema y de los principios propios del capitalismo bajo los que en teoría se desarrolla.

Resulta difícil evaluar la realidad y determinar si puede haber o no razón en todo ello; y, más en una coyuntura como la actual donde nos toca enfrentarnos a cuestiones que superan sin duda los estrechos límites y territorios de cualquier persona o de toda administración pública u organización en general. Parafraseando a Daniel Bell bien podríamos decir así que nos vemos en cualquier caso operando bajo unas administraciones y organizaciones que son demasiado grandes para resolver los pequeños problemas de las personas y demasiado pequeñas para resolver los grandes problemas de la sociedad.

Las cosas se nos antojan por lo demás cada vez más complejas quizás como los propios sistemas sociales. Por eso hoy, y siguiendo a un autor como Edgar Morin, uno de los padres del pensamiento complejo, se podría decir que "en materia social, humana, política, etc, toda visión reductora / disyuntora / unidimensionalizante puede resultar demencial y criminal".

Cabría entender en consecuencia que al final no existe más opción que la del diálogo ya que de la lógica dialéctica hegeliana sólo cabe esperar una realidad simple y dividida (amigos y enemigos, esclavos y señores, intereses públicos o intereses privados, hombre y naturaleza etc) que nos limita en el pensamiento y en la búsqueda de soluciones basadas en lo mejor del ser humano: su capacidad para la cooperación. Su sentido creador.

Esperemos que en Canarias demos siempre el mejor ejemplo de esto. La misma revolución científica y tecnológica actual nos puede abrir y brindar al mundo innumerables oportunidades cara a ello. Sería nuestra última esperanza.

José Peñate. Empresario

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