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La Provincia - Diario de Las Palmas

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LA SUERTE DE BESAR

El gran silencio

Mi amiga Petra es bastante sabia. Tiene ese tipo de sabiduría asociada a los que usan el sentido común. Escucha más que habla. Observa más que opina. No se le va la energía por la boca como a muchos, entre los que, ay, qué desgracia, me incluyo. Tiene el don de intuir la esencia del problema y simplifica. Durante el café de media mañana, una compañera cuenta su desesperación tratando de que su hijo le haga caso y cumpla con sus obligaciones. Que estudie más, que recoja sus calzoncillos y que haga su cama. Ha entrado en el círculo vicioso de repetir y repetir y, como contrapartida, él hace oídos sordos a la letanía. Ante ese sudoku pedagógico, que es el pan nuestro de cada día, Petra es clara. ¿Tu hijo sabe qué esperas de él y conoce las consecuencias del incumplimiento? Sí. Pues, ya está. No hables más y actúa si es necesario. Elemental, querida madre al borde del ataque de nervios. Perdemos energía hablando y repitiendo las cosas en exceso.

Admiro la actitud de una abuela que da largas a su nieta, mientras ésta tiene un berrinche de órdago en el pasillo de galletas y chocolates de un supermercado. La niña chilla, se revuelca como una croqueta y se ha puesto de color granate, pero la abuela es la viva imagen de los tres monos sabios. Esos que ni ven, ni escuchan, ni dicen el mal. Es decir, ni caso. Coincidimos en la cola y las aguas han vuelto a su cauce. La niña tararea el tra tra de Rosalía y la abuela disfruta de la serenidad de quien sabe que lleva la sartén por el mango. Levanto el pulgar disimuladamente y ella me susurra: "Hay que ser impasibles ante las tonterías. Ya se les pasará". Brava bravísima.

Este año, 44 mujeres han sido asesinadas. Son víctimas de la violencia machista. Una de ellas fue grabada por su agresor mientras agonizaba por una hipoglucemia. A Sandra y a Adaliz las mataron delante de sus hijos y la pareja de Ika decidió asesinarla clavándole varias cuchilladas en el tórax y el abdomen. Cuarenta y cuatro proyectos de vida sesgados, cuarenta y cuatro familias destrozadas, cuarenta y cuatro vejeces imposibles. Los silencios, en general, me gustan. Los minutos de silencio, no tanto. Son formalismos que actúan como analgésicos inmediatos y que parecen eximirnos de un compromiso futuro. Hoy me pongo un lazo, hoy bajo la cabeza, callo un rato y aplaudo con gesto contrito, pero ¿mañana? Sin medidas contundentes en favor de las víctimas y posicionamientos sin fisuras, son gestos que valen lo mismo que el papel mojado.

Y a los hechos me remito, tras ver el papelón entre el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y uno de sus socios en el gobierno. Solo los irresponsables y los de cuestionable catadura moral se atreverían a boicotear un acto respetuoso y a negar que esta sociedad sufre el tremendo problema de que hay algunos hombres que asesinan a mujeres por el mero hecho de ser mujeres. Ojalá aprendiéramos un poco de Petra y de la abuela: ni caso. Ni cámaras, ni palabras, ni razones, ni respuestas, ni miradas. Nada. Indiferencia y un gran silencio para los que no promueven la defensa de los derechos y querrían devolvernos al siglo pasado.

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