Así es la vida. Un buen día te levantas y el Reino Unido se ha ido. No eres tú, soy yo, le ha faltado decir. Dejan la Beefeater, los Beatles y el fútbol. Las películas de Ken Loach y olor a fish and chips. El Reino Unido deja la UE y Meghan Markle deja el Reino Unido. No sé quién pierde más. No se puede luchar contra la geografía, así que las islas que vieran nacer al pirata Drake y a Shakespeare seguirán ahí, a un tiro de piedra desde el Canal de la Mancha. El otro día bajé a la playa y vi a mi pareja de ingleses favorita. Se les estaba poniendo cara de extranjeros por momentos, si bien para mí todo el mundo que es amigo resulta compatriota en la amistad. La frase anterior ha quedado un tanto cursi, un poco como de galés compungido y mayor añorando sus días lluviosos de infancia. A los galeses no les hace caso nadie. Los escoceses no querían irse. Es como cuando invitas a casa a cenar a una pareja y uno quiere irse y el otro no. La diferencia es que la pareja puede acceder a quedarse si sacas un buen postre o los licores. Gran Bretaña solo quería quedarse si se restringía la libre circulación de personas y además pagaba menos. Solo podía aceptarlo alguien harto de licores. Esperemos que el Reino Unido firme un tratado bilateral con España, que bien podría llevar el título de "vamos a llevarnos bien". Hay mucho en juego pero los muchos ingleses mayores que viven en la costa española y se benefician de la sanidad no quieren que juegen con su vida, su futuro y su salud. No hagan juego, señores.

También hay un amplio contingente de españoles trabajando en Inglaterra, buenas enfermeras, excelentes profesionales variados, que no están allí por amor a la belleza de los nativos y nativas de la Gran Bretaña y sí -al principio- para aprender inglés, fregar platos y salir en Españoles por el Mundo. O bien para trabajar en la City de Londres uniformados con un traje azul marino de Zara, estresados y echando de menos los alfajores, la Semana Santa y almorzar a las tres de la tarde lentejas con chorizo del pueblo.

La idea de Europa se empobrece y los populismos crecen, así como la xenofobia. Está el panorama como para quedarse en casa, no como sinónimo de nuestra tierra y sí de la casa-casa, o sea, el edredón. El golpe está asestado y, como con esos que te das y no duelen hasta pasado un rato, ahora no sentimos cosa extraña. Nada será lo mismo. Malos tiempos en que hay que repintar los mapas.