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OBSERVATORIO

"Tú no sabe inglé"

Con tanto inglé que tú sabía, / Bito Manué, / con tanto inglé, no sabe ahora / desí ye. / La mericana te buca / y tú le tiene que huí: / tu inglé era de etrái guan, / de etrái guan y guan tu tri. / Bito Manué, tú no sabe inglé. / No te enamore ma nunca / Bito Manué, / si no sabe inglé".

Con este sencillo poema escrito en un marcado dialecto caribeño el reivindicativo poeta cubano Nicolás Guillén (1902-1989) denuncia con ironía la colonizada situación de un pueblo que acepta irremediablemente su infravalorada condición: Víctor Manuel, que solo conoce algunas palabras del inglés -tomadas del béisbol, por cierto (strike one)-, ha de renunciar a cortejar a una mujer norteamericana por desconocimiento de esta lengua, aun encontrándose en el que es su propio ámbito hispanoparlante. Y traigo aquí el poético ejemplo porque a pesar del tiempo y la distancia la situación sigue teniendo plena vigencia también en nuestro país. La sobrevaloración que se le otorga a la lengua de Shakespeare, en la que se escribe un buen número de textos publicitarios y cuyas palabras aparecen en la nuestra con una frecuencia superior a la que podría considerarse normal por motivos contextuales (culturales y geográficos), es razón para que, por lo menos, nos planteemos si es justificada tan elevada consideración frente al bajo concepto que merece nuestro idioma.

Mucha gente que se admira ante quienes exhiben un conocimiento de otra lengua (normalmente del inglés) no aprecia los buenos modelos, que los hay, en el uso del español. "¡Mira a fulanita!" (una niña de 12 años, hija de padre español y madre inglesa que muestra un sorprendente dominio de las dos lenguas), le dice una madre en tono de reproche a su hijo, que aspira a ingresar en la universidad, pero con muy bajas calificaciones en esa lengua extranjera. "Con todo lo que hemos gastado contigo en clases particulares y en cursos de verano en Irlanda". Ignora la desconsiderada madre que el dominio (aparente) de las dos lenguas se debe a una circunstancia accidental, aunque afortunada, que puso a la niña desde su más tierna infancia en contacto con las dos lenguas, que ha conseguido aprender sin apenas esfuerzo; y, seguramente -también ignora esta lingüística realidad-, con diferente grado de dominio, pues no son frecuentes las situaciones de bilingüismo absoluto; Roman Jakobson, el eminente lingüista moscovita y reconocido políglota, confesaba "hablar en ruso" todas las lenguas que conocía. Seguro, también, que esta madre mostraría la misma admiración y sorpresa si la niña se hubiera expresado solo en inglés y confesara su total ignorancia de español: ¡es que el inglés?! Lo que revela también que continúa teniendo actualidad, después de más de dos siglos, el popular epigrama de Nicolás Fernández de Moratín: "Admirose un portugués / al ver que en su tierna infancia / todos los niños de Francia / supieran hablar francés?").

Y tanto se estima socialmente el inglés, que su conocimiento es, para algunos, razón suficiente para emitir juicios sobre la inteligencia y capacidad de una persona. Transcribo, para ilustrarlo, un titular de prensa: "Fulano (un conocido futbolista) llama mentiroso a Rajoy y se ríe de él: 'Qué podemos esperar de un presidente que ni habla inglés". Aunque más me preocupa que una valoración muy próxima a la anterior proceda de un reconocido escritor, quien parece compartir criterios similares: "¿Se puede ser un político real hoy día en Europa sin saber una palabra de inglés y sin establecer, por tanto, una comunicación real con sus interlocutores?", se pregunta Javier Cercas en uno de sus artículos de El País Semanal ("No queremos presidentes egregios"). La respuesta, rotunda, es que no, y, afirma Cercas, esta carencia es propia de los políticos españoles. Y yo creo que, ¡hombre!, un poquito de inglés sí que sabrán; y me pregunto, en cualquier caso para qué están entonces los intérpretes, pues me consta que traducen el francés de Nicolas Sarkozy, en cuya lengua siempre se expresa; como lo hace Angela Merkel, siempre en alemán. Los españoles, por el contrario, renuncian a hacerlo en su lengua, milenaria y millonaria, por un manifiesto complejo que no superan ni nuestros más altos representantes de la política ni de la diplomacia. Estos se sitúan al mismo nivel intelectual que Dionisio, el personaje de la obra de Mihura Tres sombreros de copa (1932), a quien no le preocupaba no saber inglés para viajar a Inglaterra, ya que se iría a un pueblo, donde todos hablan como él, como en todos los pueblos del mundo: "La gente de Londres habla inglés porque todos son riquísimos", decía, "y tienen mucho dinero para aprender esas tonterías".

Es a todas luces injusto que los "miembros afortunados de familias bilingües y los estudiosos" (Javier Cercas, dixit) atribuyan al conocimiento de otra lengua, sin entrar en su grado de dominio, una importancia tan determinante, aun no siendo imprescindible para el desempeño de una profesión, ni siquiera para convertirse en un dignísimo escritor, que también pone en duda el doblemente afortunado (por bilingüe y por premio Planeta) Javier Cercas: "Un escritor que solo lee en su propia lengua difícilmente puede ser un gran escritor". Afirmación que me preocupa, pues me da pocas esperanzas para que pueda adentrarme en el complejo y apasionante oficio de la escritura, actividad que a ratos suelo practicar y a la que pensaba dedicar algún tiempo en mi futura jubilación.

Me tranquiliza conocer, sin embargo, una opinión superior (con el permiso de mi admirado Cercas), la de don Miguel de Cervantes, que me proporciona Antonio Muñoz Molina ("Sobre las lenguas"). La literaria anécdota rebate la idea de quienes deciden expresarse en otra lengua por considerar inferior la materna; y considera Muñoz Molina -y es lo que me interesa destacar ahora- que es esta una de las declaraciones más limpias de respeto por las lenguas de cada cual que ha leído en su vida. Se trata del capítulo en el que don Diego de Miranda, el "Caballero del Verde Gabán", le cuenta a don Quijote que tiene un hijo poeta, tan aficionado a la literatura clásica que desdeña la lengua común, en este caso la castellana. Don Quijote le dice estas palabras: "Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doime a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos; y siendo esto así, razón sería que se extendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase al poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno, que escribe en la suya".

Creo que es preferible una buena competencia en la lengua materna, que nos permita la comprensión y el deleite de los textos más elevados, científicos, ensayísticos o literarios, al torpe chapurreo, a la simplona, aunque eficaz, expresión en globish, inglés básico y utilitario, de apenas un millar de palabras, que se utiliza como lengua internacional de trabajo, y que incluso es requerido en ámbitos filológicos y humanísticos, como si el español careciera de tradición científica y cultural.

Conocer otras lenguas sí, por supuesto, pero por razones de índole cultural y no por imposiciones económicas o políticas, o por un incomprensible afán de notoriedad o de falso prestigio. Y siendo así, ¿no sería justo promover el conocimiento de otras lenguas españolas? Porque a tenor de lo visto y oído hay quien cree que la imagen de nuestro país mejora manifestando urbi et orbi "Spain is back, Spain is here to stay", como hizo la nueva ministra de Asuntos Exteriores en su reciente toma de posesión.

Y llama la atención este desmedido interés por el inglés cuando están por resolver muchos asuntos de suma importancia relacionados con la enseñanza del español, con el reconocimiento de sus modalidades dialectales como patrimonios culturales de innegable valor, y con la promoción y estudio de las otras lenguas de España y de sus manifestaciones literarias. Sin embargo, nos mantenemos ocupados en elucubraciones filológicas para regular cuestiones gramaticales que no se pueden dilucidar mientras no se distingan conceptos tan heterogéneos como son los de sexo (biológico) y género (gramatical). No tiene mucho sentido, por ejemplo, empecinarse en considerar excluyente un sustantivo genérico en situaciones en que nadie lo entendería así, salvo que interfirieran prejuicios ideológicos; pero mucho menos sentido tiene tratar de equilibrar la situación, al parecer injusta, cuya culpabilidad se le atribuye a la lengua, con soluciones que, de triunfar, incurrirían en el mismo sexismo excluyente que se trata de combatir. ¿O no es así, señoras y señores miembros del Consejo de Ministras?

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