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reseteando

Meterse por la grieta

Hay en España lazarillos que desde la estrategia más burda se las ingenian para encontrar una grieta en el sistema y chupar de él como lo hacía el pícaro que engañaba al ciego robándole vino de la jarra. Acaba de destaparse una macroestafa de seis millones de euros repartida entre 21 provincias, donde hacían pasar por vivos a pensionistas para cobrar indebidamente sus pagas. Menos montar un fregado como el de Norman Bates en Psicosis para mantener a su madre viva, los defraudadores urdieron todo tipo de fechorías básicas para engañar a la burocracia: desde contratar a una actriz para interpretar el papel del pensionista hasta obtener todos los meses certificados falsos en el registro de familia. Los descubiertos no eran piratas informáticos acostumbrados a agujerear los intersticios de la Administración, sino individuos que llevaban décadas en la brecha dándoles oxígeno a sus hermanos fallecidos, a un primo desaparecido en el extranjero o algún vecino muerto en soledad. Un caso estridente es el de la anciana que atendió durante años a un paciente de un psiquiátrico, cuya muerte ocultó a la entidad bancaria y a la Seguridad Social. No levantó sospecha alguna hasta que un día el director de la sucursal le pidió por casualidad el DNI del beneficiario. Estaba caducado. El cruce de datos demostró que el pensionista era alimento de los gusanos desde tiempo atrás. Tampoco falta el empleado de banca, que, gracias a una trayectoria intachable, cuenta con la confianza plena de sus compañeros, ventaja que aprovecha para tapar la apropiación. Este fraude singular sitúa a sus autores entre el espacio terrenal y la otredad. Debe ser un esfuerzo terrible insuflar vitalidad aparente a un muerto, crear un vaso comunicante con un esqueleto para cubrir una mensualidad del calendario. Habría que indagar si estos delincuentes tenían o no una relación afecti-va con unos allegados que les han ayudado a vivir con cierta comodidad, o los odiaban por haberlos convertido en esclavos de un delito y por ser, a fin de cuentas, los depositarios de un secreto bajo tumba, nunca mejor dicho. Pero lo más cinematográfico de todo es saber en qué momento exacto se les ocurrió que podían meterse por la grieta, es decir, la hora del chispazo.

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