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Piedra lunar

Ciudadanos en la Avenida

Hace algún tiempo que los contertulios de Cairasco no se asoman a la ventana de esta columna. No quiere decir que no se hayan reunido con relativa frecuencia a intercambiar sus opiniones sobre el acontecer, mientras trasiegan el cafelito vespertino. La propuesta que se debatió recientemente es volver de vez en cuando a hacer un poco de sociología popular, para lo cual emplazamos como emisarios a Codina y Torres, expertos en estas fluidas temáticas de la historia y del urbanismo. Decidieron que ayer domingo irían a dar un paseo por la Avenida Marítima, con los ojos abiertos, a ver lo que se encontraban en el entorno. Es un ejercicio similar al de un aprendiz de periodista que por primera vez llega a la redacción del periódico y el director, desde su potestad, lo manda a buscar una caja de cerillas al bazar que está a 500 metros de la sede del rotativo. El muchacho, sometido a aquella orden, va y cumple el encargo con sobrada diligencia. Cuando vuelve y se encara de nuevo con el augusto director, este le dice: "Siéntate allí, ante aquella máquina de escribir, y cuéntame lo que has visto". Nosotros queremos que Codina y Torres nos digan lo que vieron en su alrededor.

Salieron de la sede tertuliana y, a la altura de la plaza del Mercado, cruzaron el túnel que los llevó hasta el otro lado de la Avenida Marítima, a la amplia acera que linda con el mar y los pedruscos de la rompiente. Anotaron en su cuaderno que la noche del sábado al domingo aquel pequeño túnel había sido depositario de micciones de fauna humana y de deposiciones caninas. Tuvieron que sortear excrementos y charquetas sin poder hurtarse a los olores nauseabundos del amoniaco. Al fin, llegaron al paseo, no sin tener que recular ante un ciclista que a toda pastilla volaba por el carril bici. Desde la Avenida contemplaron una espléndida panorámica del mar, con un centenar de pequeños botes que llenaban de vida aquella franja marina. Del horizonte emergía un gran buque que a su entender venía de Fuerteventura. A la izquierda, unas torretas metálicas de bella factura se alineaban en los muelles del Puerto de la Luz, compitiendo con los perfiles volcánicos de la Isleta. Decidieron tirar en dirección sur, hacia Lady Harimaguada. Torres no dejó de comentar la necesidad de llevar a cabo el tan cacareado frente marítimo, desde San Telmo hasta la proximidad de los juzgados. Con este proyecto, la ciudad daría un gran vuelco urbano. En medio de estos sueños, se les presenta ante su mirada un montón de hierros viejos dispersos sobre las abruptas roquedas que llevan allí desde hace algunos lustros. La herrumbre se ha apoderado de su superficie metálica y los hace poco atractivos. A este tipo de objetos, los poetas suelen llamarlos "pecios", pero en realidad son un montón de chatarra, restos de algún barco que el mar empujó hasta allí para el mal disfrute de los transeúntes.

La mañana de domingo es espléndida y luminosa. Los ciudadanos de diversas generaciones usan la avenida para oxigenarse, cada uno con su ritmo y estilo desenfadado: unos corren; otros caminan mientras teclean sus móviles; las parejas hablan manoteando para hacerse oír ante el ruido de los automóviles; chicas solitarias, enfundadas en su chándal, enseñan el ombligo y la franja carnosa de su cintura mientras escuchan música con unos auriculares que le ocultan los oídos; dos señoras entradas en años van de ganchillo contándose las fritangas que suelen cocinar para una turba de nietecillos; los pescadores de caña se afanan en su oficio. Casi todos deciden dar la vuelta al llegar a la escultura de Chirino. Codina y Torres optan por cruzar el otro pequeño túnel situado a la altura de la plaza de Santa Isabel y transitar por el viejo casco de Vegueta para olvidarse del anterior. Pero no lo logran. Aquí los olores son más penetrantes. Cuando llegan a la calle de los Reyes, encuentran una frutería abierta. Es un comercio regentado por una familia de chinos y deciden comprar un par de mandarinas, fáciles de pelar, de buen olor y de mejor sabor. Aunque no dejan de sospechar que este producto puede acarrear algún tipo de contagio. Y no estamos hablando del coronavirus, sino de cualquier mercancía que se manipula a nivel global. La mañana del domingo ha resultado inquietante.

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