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entre líneas

El gusto por la vida

El reclamo de una entrada de Whatsapp me apartó por un instante de la laboriosa tarea de intentar abrirme camino a través de la apretura textual y conceptual del último libro de Peter Sloterdijk publicado en España. Se titula La herencia del Dios perdido.

Un amigo me enviaba el enlace con un medio digital en el que se daba cuenta de una noticia espeluznante. En Holanda, unas 10.000 personas, de más de 55 años de edad, y que gozan de buena salud, desean poder morir cuando ellas lo decidan. De ahí el que el Gobierno haya iniciado los trámites para la aprobación de una ley que permita ingerir una píldora venenosa que ponga fin a la vida de los ciudadanos mayores de 70 años que no quieran seguir viviendo, aun sin estar enfermos. Basta sólo con que sientan pavor ante la muerte o el dolor, o padezcan aburrimiento existencial.

"Europa ha de rehuir despeñarse por el nihilismo", dice Sloterdijk. Y prácticas aniquilantes como la arriba mencionada muestran que el descarrilamiento es imparable. Y ello se debe, según él, al arrinconamiento, u ocultamiento, al que la cultura secularizada actual ha sometido a Dios. No es que este haya muerto, según la cita de Nietzsche, sino que lo hemos perdido, y por eso se titula así el libro. Se obvia a Dios. Y su poder creador está ahora en manos del hombre, que, embriagado por el velocísimo desarrollo tecnológico, hace y deshace a su antojo.

Es la nueva fe laica, la cual está provocando un terror en su feligresía que no es inferior al que pudo inspirar a algunos el Dios del Sinaí. Y es que la obra creadora del hombre parece decidida a acabar sin miramientos con la privacidad de los individuos y con el medio ambiente, como no dejan de recordarle al mundo los profetas del ecologismo. A este respecto, sigue mostrándose actual el ensayo del artista y escritor James Bridle, publicado, en 1980, con el título La nueva edad oscura: "Estos efectos [de la tecnología] son potencialmente catastróficos y se derivan de la incapacidad para comprender las consecuencias turbulentas e interconectadas de nuestros propios inventos".

Mas el problema no se encuentra propiamente en la tecnología, sino en el endiosamiento del hombre, y Sloterdijk trata de hacer frente a la dogmática laicista contraponiendo a ella la introspección mística y la idea de William James sobre nuestro innato ser creyentes. No sé con qué éxito.

Y volviendo a lo de Holanda y al terror que atenaza a algunas personas ante el proceso del envejecimiento. Hace unos días, el Papa recibió a los participantes en un congreso internacional sobre la pastoral de los ancianos. El tema general era este: "La riqueza de los años". Francisco les habló de la importancia de los abuelos como eslabones en la transmisión de tantas cosas buenas a las generaciones futuras, y dijo algo que seguramente a los 10.000 de Holanda les traerá sin cuidado, pero no al ministro de Salud, Bienestar y Deporte de ese país, Hugo de Jonge, quien estima que, a esas personas, antes que suministrarles una pastilla con veneno, habría que intentar devolverles el gusto por la vida. Y lo que dijo el Papa fue esto: "La vejez no es una enfermedad, es un privilegio".

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