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La Provincia - Diario de Las Palmas

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BARRACA Y TANGANA

El árbol

Mi mujer se llama Delia. En el colegio tenía una mejor amiga. Delia y su mejor amiga pasaban juntas el recreo. Solían ir a un lugar escondido del patio, un rincón arbolado y tranquilo. Delia y su mejor amiga elegían un árbol cada una y jugaban a que ese árbol era su novio. Hablaban con el árbol, le contaban sus movidas y hacían planes para el fin de semana. Abrazaban el árbol. Discutían con el árbol. Besaban el árbol poniendo una mano sobre la corteza para no tragar hormigas. Se despedían de él con pena a la hora de volver a clase, día tras día.

Delia le contó todo esto a mi hija, que también se llama Delia, en la resaca de San Valentín del otro día, y me pareció súper bonito. Deduje que es mi mujer porque soy lo más parecido a ese árbol que encontró en su vida.

Que ya ves tú. Quizá yo al conocernos, en algún momento, traté de impresionarla y de parecer ocurrente y divertido, traté de mostrar virtudes extraordinarias, cuando solo tenía que recordarle a ese árbol del patio, solo tenía que ser un árbol soso y aburrido. Justo algo que se me da bastante bien, todo sea dicho. A veces solo hay que aguantar, escuchar y echar raíces.

Sabes que te has hecho mayor cuando no te importaría ser un árbol el resto de vida. Sabes que te has hecho viejo cuando te molestan más, muchísimo más, los equipos que no saben defender que los equipos que no saben atacar.

Sabes, pese a todo, que siempre conservas algo de lo que fuiste un día de niño. Antes completaba colecciones de cromos poniendo como excusa a mi hermana pequeña. Ahora lleno la casa de porterías y balones usando como excusa a mis hijos. Yo no jugaba con árboles en el patio. Salía al recreo con tanta ansia por jugar a fútbol que ni siquiera me comía el bocadillo. De hecho un año fui acumulando en la mochila un montón, decenas de ellos entre los libros y en todos los bolsillos. Aquello se fue pudriendo hasta que una tarde mi padre entró en mi habitación y preguntó qué era eso que olía tan mal, y descubrieron el empastre putrefacto de bocadillos.

Lo cierto es que yo podría haber tirado los bocadillos antes en casa, en el colegio o en la calle, y nunca me hubieran descubierto, pero me daba pereza, se me hacía imposible escalar ese muro. Pensaba 'ya los tiraré mañana' y llegaba mañana y volvía a pensar lo mismo, y pasaba un día y luego otro y una semana y luego otra, directo el rumbo hacia el desastrito. Se podría decir que los bocadillos fueron luego las asignaturas de la universidad, de algún modo, los bocadillos fueron luego eso de ponerse en serio con la vida, que hay quien piensa que lo seguimos aplazando, y es un poco así, lo admito.

Podría haber hecho lo fácil pero me daba pereza y ahora soy un árbol. Sabes que te has hecho mayor cuando la vida te obliga a disfrazarte de cualquier cosa, y lo aceptas porque no hay más remedio, aunque a ratos lo que te gustaría ser de verdad es la versión adulta de ese niño que se lleva los deberes al estadio para estudiar en el descanso de los partidos, salir al patio a jugar al fútbol al ataque y acumular en la mochila bocadillos.

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