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RESETEANDO

Contener el pánico

Puede una unión de estados contener el pánico? El coronavirus pone a prueba el sistema de abastecimiento de la industria farmacéutica, el stock de comestibles de las grandes superficies, la capacidad del sistema viario de entradas y salidas de un territorio, la fortaleza del control aeroportuario, el proceso de producción, los desajustes en la bolsa, los horarios laborales en hospitales y lugares de cuarentena... La incapacidad de la organización político/técnica para atajar la desinformación o la mentira y priorizar la información y el equilibrio puede dar lugar a un colapso. El derrumbe no se va a producir en un planeta industrial, sino en uno globalizado e interconectado, donde los flujos de comunicación de datos en un contexto digital se producen a una velocidad extraordinaria. Un intercambio efervescente que también alcanza a la movilidad humana, con miles de millones de turistas que cruzan de manera incesante los controles aduaneros, cada uno con sus respectivos estados de salud. Un espectro infinito, que, lejos de contener la alarma, la dispara aún más con un constante goteo donde la verdad y el rumor (a veces el bulo) están en una permanente pugna. La organización internacional, estatal o autonómica trata de gobernar el coronavirus con el automandato de evitar una crisis que haga crujir un modelo de bienestar. Pero a la vez tiene que atender a los requerimientos científicos: bautizarla como pandemia, dar consejos para frenar el contagio, dictaminar encierros en hoteles, ordenar la marcha de territorios afectados... Directrices destinadas a la prevención que inmediatamente son reconvertidas en estímulos que alimentan el pánico. Un miedo, por otra parte, que no es el mismo que provocó en los años treinta del siglo XX Orson Welles con su debut radiofónico de la adaptación de La guerra de los mundos, una supuesta invasión extraterrestre que conmocionó a la ciudadanía norteamericana. Hablamos de la sociedad de la opulencia, donde la desigualdad ha sido digerida como un mal menor. Hablamos de un mundo que vive en directo la muerte de la naturaleza, pese a la advertencia de los expertos. Hablamos de una civilización sobrada de arrogancia. El pánico o el miedo está ahora por descifrar.

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