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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Fernando Canellada

AZUL ATLáNTICO

Fernando Canellada

Periodista

Las plagas del Faraón

Una de las cualidades de Ángel Víctor Torres parece ser la paciencia. Le ha hecho falta paciencia para alcanzar la meta de la presidencia de Canarias. Los acontecimientos que le rodean desde entonces le exigen ser paciente en grado sumo. Torres lleva al frente del Gobierno autónomo desde el pasado 18 de julio. Tal vez ese día no provoque en un socialista buena fortuna política. Esa jornada abrió un periodo con un pacto de las flores que se aventuraba dichoso y colorido. Siete meses de gestión han colocado al presidente ante episodios "inéditos". Incendios, tormentas, apagones, bloqueos aéreos, muertes en el Atlántico, vientos y arenas del desierto y epidemias. El remate a las dramáticas jornadas de calima e incendios ha sido el coronavirus de un médico italiano en Adeje. Otro mazazo al turismo y a las Islas.

Canarias necesita políticos que sufran cuando el pueblo sufre y que sepan hacer ver que comparten sus angustias y sus preocupaciones. Es preciso reconocer que este gobierno de Torres está logrando mantener una vitola de moderación; que no se aísla de los problemas y que encara las dificultades, tal vez con más voluntad que resultados. Es elemental deber ético, humano y político que ante estos episodios los ciudadanos se encuentren arropados, se sientan atendidos, protegidos y escuchados. Ante lo que se aproxima, que todo puede empeorar, conviene tener presente que un factor superador de la crisis se llama confianza. Confianza que viene de transparencia, de información y liderazgo sensatos, con realismo y valentía.

Tal vez sea obligado invocar el cambio climático y pedir perdón por el daño que provocamos al planeta en un momento de emergencia climática y diríase que social. Ahora bien, dicho esto, no conviene olvidar la historia. Relata Domingo José Navarro en sus Recuerdos de un noventón, en el capítulo 'las plagas del Faraón', que Gran Canaria, después de enfrentarse a la epidemia de fiebre amarilla, afrontó en el verano de 1812 "otra plaga más terrible", y pasa a enumerar el implacable avance de los vientos del sur, con un nubarrón que oscurecía el cielo por un diluvio de langostas. "En pocas horas nada verde existía y hasta las cortezas de los árboles desaparecieron. La Isla quedó convertida en un árido desierto".

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