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PUNTO DE VISTA

Muriéndonos

Nos morimos de a pocos. No sé qué opinaran ustedes. A sorbitos de champán (y cicuta). Desde aquí, mientras tomo café, veo cómo se van muriendo los que transitan calle arriba, calle abajo. Los ojos, con el tiempo, se acostumbran a no ver nunca la misma luz dos veces. Nunca las mismas aguas (salvo en la memoria). Ni con, ni sin. Con o sin coronavirus, por supuesto. La enfermedad es la fanfarria de la muerte. Y, mientras el café se enfría, unto en mermelada el cruasán. Mermelada y mantequilla, por supuesto. Nunca más esta misma mermelada, nunca más esta misma mantequilla. Y pienso en el bicho que vino de China. Un bichito mandarín, guasón y cochino... Le pongo carita de hucha; de aquellas huchas de antes que con tanto amor llenábamos de moneditas cuando, aún niños, apenas habíamos empezado a palmarla...

Salvo algún desgraciado, nadie se muere de repente. Morimos a plazos y en cada plazo pagamos con decrepitud los intereses de la deuda de vivir. Eso es todo. Es manifiesto y generalmente compartido que, en llegando a cierta edad, estamos casi muertos. Basta con seguir -en la calle o en los medios- lo del coronavirus. Basta con oír. Siempre hay alguien informado que le resta gravedad al asunto con el sólido argumento de que la enfermedad solo resulta letal entre la gente mayor (y, por ende, enferma). Y, por más ende, muerta (o casi). Patologías anteriores, le llaman. A determinadas edades lo suyo, lo comúnmente aplaudido, es morirse (del todo). Así nos ahorramos la agonía y, de paso, la lágrima y el duelo. Si es usted viejo, si se halla dentro del llamado grupo de riesgo, dese por muerto y no entorpezca la libre circulación de personas, de capitales y, en tiempo de invierno, de virus mutantes.

De repente solo mueren los jóvenes, aunque la agonía sea larga. Mi primer luto verdadero ocurrió antes de terminar yo el bachillerato. Una meningitis, a modo de Caronte adolescente, engulló a una compañera de nombre Ofelia. No olvido su nombre, ni su rostro. No era guapa, pero sigue siendo joven porque se murió de repente, sin darle tiempo a la vida para morderle las carnes con mordiscos de muerte. Y la recuerdo tal y como cruzó las brumas del Hades aquella mañana de primavera. Las muchachas lloraban. Los hombrecitos hacíamos como que no. En tropel. En horda inocente y pasmada. En trance, como si los cielos se hubieran abierto ante el espanto de una muerte joven, de una joven muerta. Desde entonces, todos y cada uno de los que nos apretábamos en aquel funeral, nos hemos ido muriendo (sin Ofelia) como muere la arena en el reloj. Tanto que hasta nos dan por muertos en los noticieros. No se preocupen los jóvenes, el virus es amable para con ellos. La muerte del viejo es casi un ejercicio indoloro de compasión. Mejor si la parca se los lleva en un parpadeo. De hecho... ¡ya estaban muertos! ¡Ley de vida!

Cuando se frisa una edad nadie muere de repente. Como en Bolsa, a esas edades se cotiza con el descuento de lo que se da por sucedido. Así que no sé si usar mascarilla o darme matarile por el bien de mis convecinos. El luto será breve. Lo han dicho en la tele. Solo se mueren los viejos. ¡Bendito coronavirus! Él, el bichito, es una nota exacta en la sinfonía del orbe... Pero, si no es impertinencia, diré que sí, que muerto estoy, pero no del todo; aún tengo memoria para recordar y meditar sobre todas mis muertes anteriores. Todo a plazos, por supuesto. "Por favor, ¡camarera!,... otro cruasán con mantequilla y mermelada..., por cierto, ¿le he dicho en alguna ocasión lo mucho que usted me recuerda a una compañera mía del bachillerato?"

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