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REFLEXIONES

Mal secreto

No sé cuándo se leerá el presente, pero lo escribo el Día Internacional para la Tolerancia, el sábado 16 de noviembre, apenas una semana después de las elecciones generales habidas en España. A estas alturas, y en un país como el nuestro, que forma parte activa de la Unión Europea, hablar de tolerancia parece fuera de lugar, casi anecdótico. Sin embargo, la realidad política y hasta social nos dice, por el contrario, que hoy más que nunca cabe reflexionar sobre la asunción y desarrollo de este importante valor. Se considera que, tras la vuelta a la democracia y el posterior periodo de armonía entre los españoles, la tolerancia es un bien consolidado, garantía, por otra parte, de que seguirá así por mucho tiempo. Ya no hace falta, en principio, reclamarla de nuestros semejantes, puesto que el proceso vivido en los últimos cuarenta años exorciza cualquier recelo al respecto. Ojalá fuera de este modo, que nadie tuviera que levantar la voz para llamar a la práctica de la tolerancia hacia el otro, hacia el diferente o el que simplemente piensa distinto.

España está en una vorágine peculiar, ya que, por un lado, padece una clase política cerril e infausta y, por el otro, la gente quiere seguir adelante con su vida al margen de la refriega ideológica. El torbellino nacional le resulta al español medio tedioso y cargante, pero sabe que el país necesita de un gobierno cuanto antes. Lo que no espera es que se traslade a las calles el mal ambiente generado por las disputas de los partidos y, menos aún, que el que ostenta el poder, aunque sea en funciones, lo caldee todavía más, o bien por inacción, o bien por intolerancia. Lo primero no hay que explicarlo porque se sabe, pero lo segundo pudiera llegar hasta a sorprender. La intolerancia se mide por el nivel de incapacidad intelectual hacia el que disiente de nuestra posición o, quizás mejor, de la que se supone consensuada por una mayoría. Y es aquí donde el debate sobre la tolerancia toma nuevo protagonismo en pleno siglo XXI.

En 1690 publicaba John Locke su famosa Carta sobre la Tolerancia, y a la fuerza hemos de volver a lo que allí se escribe para recordarlo y advertirlo, especialmente, a los que separan o distinguen entre individuos, ideologías y hasta religiones, el verdadero eje de la obrilla del inglés. Casi al final del texto, avisa de un "mal secreto" que se da "cuando los hombres se atribuyen a sí mismos y a los de su propia secta alguna prerrogativa peculiar, encubierta con palabras especiosas y engañosas, pero, en realidad, opuesta a los derechos civiles de la comunidad". Hace apenas unos días la señora Delgado, ministra de Justicia, sentenciaba que había que "aislar" al que no pensara como ella y su facción sobre la ideología de género. El puritanismo de la corrección política y el sectarismo ideológico están llevando a la izquierda española a un punto peligroso del que ni siquiera es del todo consciente.

Como también advierte Locke, y aunque sea en clave religiosa, fácilmente se puede extender al dominio del pensamiento y las creencias políticas, "el magistrado teme a las demás iglesias, no a la suya propia; es bondadoso y favorable para con la una, pero severo y cruel para con las demás". Es esta, como ya he dicho con anterioridad, una época de renovado despotismo, de negación de las libertades individuales, y no es la derecha quien la promueve o justifica, sino quien la sufre y padece. Me gustaría que el progresismo reflexivo, que sé que lo hay, leyera con calma estas atinadas palabras del sabio británico: "que haga lo contrario, que dé a los disidentes los mismos privilegios civiles que a los demás súbditos". Un último deseo: ojalá fuera este el último día que tenga que escribir sobre la tolerancia y su necesidad en esta España atrapada en el laberinto de la convivencia.

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