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Elizabeth López Caballero

EL LÁPIZ DE LA LUNA

Elizabeth López Caballero

Lo que los niños tienen que enseñarnos

De un tiempo a esta parte, un velo de pesimismo ha ido cubriendo a la humanidad. La (in)solidaridad cada vez se hace más palpable. Las guerras en los países más desfavorecidos parecen no tener fin. Partidos políticos que quieren acabar con los derechos individuales y colectivos. Comunidades autónomas que parecen renegar de sus hermanas. Hombres que matan a mujeres casi a diario. Miedo al ir por la calle por si uno o varios individuos te agreden sexualmente. En resumen, que la frase que más se escucha en las sobremesas últimamente es: "Ya no creo en la humanidad". Confieso que, en alguna ocasión, también la he dicho yo. Pero como ocurre siempre con los milagros, de repente sucede algo, una chispa, un halo de luz que nos devuelve la fe. Y algo tan puro solo podía tener como protagonista a un niño. Esta mañana mientras leía el periódico llamó mi atención una noticia cuyo titular decía: "Un grupo de niños se rapa el pelo en solidaridad con su amigo enfermo de leucemia para que no se sienta solo". Leí la noticia con el corazón galopándome en el pecho y mientras me enjugaba las lágrimas que emborronaban el texto. ¡Cuánta magia! David es un niño de once años que sufre leucemia y que, tras las sesiones de quimioterapia, empezó a perder el pelo. Decidió entonces ir a la peluquería a raparse, pero no lo hizo solo. Sus amigos le acompañaron y también se pelaron la cabeza como muestra de solidaridad, "para que David no se sienta solo", argumentó su colega Pablo. Y, como las buenas obras encadenan buenas obras, el peluquero no les cobró: el regalo realmente se lo estaban haciendo a él. Tanta magia hubo en esa barbería, tanto amor y humildad desprendían los niños con su emoción y sus risas nerviosas que hasta uno de los empleados se dejó rapar la cabeza. Díganme ustedes ahora que no tenemos muchísimo que aprender de los niños. Díganme ustedes ahora que siguen sin confiar en la humanidad. Los niños son el presente de un universo que a veces parece haberse vuelto loco. Ojalá la historia de David y de sus amigos dé la vuelta al mundo y nos sirva de ejemplo a grandes y a pequeños y nos recuerde que el que actúa con amor siempre gana.

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