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Javier Durán

RESETEANDO

Javier Durán

Periodista

Coronavirus y teletrabajo

Aestas alturas sería poco menos que enfermizo no creer que el capitalismo es un cadáver exquisito desde la recesión de 2008, y que la supervivencia del sistema de mercado depende en mayor o menor grado de poner coto a los abusos. Este propósito salvífico colea como un mantra teórico, pero por lo pronto sabemos que entre los grandes parásitos fiscales de Europa están enormes corporaciones de la nueva economía digital cuyos impuestos son irrisorios. Tampoco se les puede negar, a los magnates o mangantes, su don de la oportunidad para posicionarse frente a situaciones críticas: con el coronavirus dando por saco, relevantes grupos económicos tratan de incorporar a miles de empleados al teletrabajo, bajo el síndrome del miedo ante una epidemia que amenaza con convertir las sedes empresariales, en especial las vinculadas al big data, en vientres de ballena silenciosos. Habría que ver por tanto si el teletrabajo masivo llega para quedarse, o bien nos encontramos ante una decisión no definitiva, producto de la emergencia declarada para evitar el contagio. Lo curioso (o dramático) es que un modelo todavía marginal comienza a ser masivo, y que desde los puestos de mando del nuevo capitalismo se ha considerado que la enfermedad viral facilita el ensayo necesario para saber si los trabajadores están preparados para organizar y despachar sus cometidos diarios en pijama, con el plato de comida al lado o dentro del jacuzzi. Resulta epatante que la transformación del modelo de producción se solape con una epidemia, aunque no hay que olvidar que los mayores adelantos en la higiene y salubridad de los barrios, todo un cambio en el urbanismo de las ciudades, vinieron dados por la peste, el cólera o el tifus. Pese a la incertidumbre que hay sobre su evolución, el coronavirus tiene todas las papeletas para ser un estimulador para un cambio de época, tanto en lo se refiere a las recetas a aplicar para paliar sus consecuencias económicas, como en lo relativo a ser la espoleta para desatar procesos tan anunciados -fue una letanía entre los teóricos del XX- como el teletrabajo. La desaparición progresiva de las sedes laborales supondrá transformaciones incontables en los ámbitos del ocio, la vivienda, la familia, la movilidad o la salud.

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