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EL RUIDO Y LA FURIA

El hombre acecha

Pablo Neruda dijo una vez: "Federico era mi hermano y me lo mataron. Miguel era mi hijo y me lo mataron: ¿qué se puede pensar de un país que mata a sus poetas?"

No, no se puede esperar mucho de un país que mata a sus poetas, y mucho menos de uno que luego los sigue matando. Federico García Lorca estercola una tumba escondida, y a Miguel Hernández lo matan o lo dejan morir cada cierto tiempo, recurrentemente.

A los poetas no se les debería mirar la ideología, sino cómo ponen los adjetivos. Pemán, el denostado José María Pemán, los ponía bien, muy bien. Él, que estaba en las antípodas ideológicamente, trató de interceder por Miguel Hernández y se atrevió a pedirle a Franco un poco de clemencia, a lo que el general contestó, dirigiéndose a uno de sus asistentes: "A ver, atienda a don José María, no vayamos a tener un disgusto como con el Federico García ese..."

Y así llegamos hasta hoy, hasta estos días en los que el Ayuntamiento de Madrid ha decidido borrar unos versos del poeta de Orihuela recogidos en una de las placas del memorial del Cementerio de la Almudena. Son versos del poema El herido, incluidos en el libro El hombre acecha, título que ahora, más de ocho décadas después, sigue sonando a premonición. Siempre sobre el poeta la "hiel sempiterna del español terrible/ que acecha lo cimero/ con su piedra en la mano", como dijo Gil de Biedma.

A Miguel no lo mataron. Miguel murió "de España y cárcel", según los versos de Alcántara, que supo metaforizar así una muerte de odio y abandono. Pero parece que no basta que perdiéramos su voz (una de las más clamorosas de la historia de la literatura en español) tan temprano y, de vez en cuando, arremete contra él la sinrazón, la cerrilidad de quien en los versos solo ve consignas, a fin de asegurarse de que continúa muerto, de que no se levante. Siempre el hombre al acecho del poeta, que "como el toro he nacido para el luto y el dolor", según se dijo a sí mismo.

Las de nuestro país, en palabras de otro que también murió "de España", Antonio Machado, "son tierras para el águila, un trozo de planeta/ por donde cruza errante la sombra de Caín". Y tenía razón, hay un poso de barbarie en nuestra genética, una luz oscura en nuestra alma, una sílaba parricida en nuestro nombre que nos lleva al extremismo de los polos opuestos y al odio, a intentar borrar la huella, sin entender que hay huellas de árboles gigantes que, aun talados, siempre retoñan porque en su palabra acechan siempre la belleza y la vida.

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