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OBSERVATORIO

Una pregunta incómoda

Europa se enfrenta a otra crisis migratoria en la frontera grecoturca que nos pilla igual de desprevenidos y divididos que en 2015. No hemos aprendido nada, no hemos hecho los deberes, no tenemos una política migratoria y ahora lo volveremos a pagar.

En la época de Jesucristo la población mundial era de 200 millones de personas y solo alcanzamos los 1.000 millones en 1800. Desde entonces el crecimiento se disparó con la industrialización y las vacunas hasta llegar a los 2.500 millones en 1950. Cualquiera que lea estas líneas y tenga hoy más de 42 años ha visto duplicarse la población mundial durante su vida. Hoy ya somos 7.600 millones y se esperan otros dos mil millones de personas más en los próximos 30 años de los que 1.300 nacerán en África, que será el continente de las grandes oportunidades y de los grandes problemas porque será muy difícil lograr un crecimiento capaz de dar comida y empleo a, por ejemplo, un millón más de egipcios por año. Me temo que las grandes migraciones sólo están comenzando.

El 97% de nuestro ADN es igual que el de un chimpancé y las diferencias entre razas humanas son genéticamente despreciables, de forma que todos somos iguales, blancos, negros y amarillos, aunque no lo parezca si uno atiende a las noticias que hablan de muros en la frontera entre los EE UU y México, o de alambradas entre Grecia y Turquía (y entre España y Marruecos) mientras que el rechazo de los inmigrantes ha sido uno de los factores principales que han llevado agua al molino del 'brexit' y alimentan hoy a Salvini en Italia, Orban en Hungría, Le Pen en Francia y a partidos como Vox o Alternativa por Alemania. Detrás de ese rechazo hay miedo a la pérdida de puestos de trabajo, a la competencia por recursos siempre escasos en Sanidad o Educación o a lo que se percibe como agresión cultural y amenaza a un estilo de vida. Y son precisamente los segmentos sociales más desfavorecidos los que con mayor fuerza sienten ese rechazo porque compiten directamente con los recién llegados. Sus razones merecen ser escuchadas porque son gentes desgarradas entre un sistema político que les predica igualdad y una realidad económica que promueve la desigualdad, mientras ven derrumbarse en derredor todo un sistema de certezas que creían indestructible.

Frente a esta realidad hay otra que es doble, que merece tratamiento diferente y que también debe considerarse: la de quienes huyen de una pobreza sin futuro y buscan una vida mejor (cuyo número aumentará con el crecimiento demográfico y el cambio climático) y la de aquellos que tratan de escapar del genocidio como los rohinyas de Myanmar o que huyen de guerras donde los afortunados lo han perdido todo menos la vida. Niños que crecen entre el fragor de las bombas y el acre olor a pólvora, y adultos que viven en madrigueras entre los escombros de lo que fue un hogar. Y que ni encuentran comida durante el día ni pueden conciliar el sueño durante la noche.

En España hemos producido ambos tipos: la emigración económica hacia Argentina o Venezuela de principios del siglo XX que huía del hambre, o hacia Alemania en los años 70 en busca de trabajo, y también hemos vivido la derrota y la huida hacia México, o atravesando los Pirineos nevados con sólo lo puesto hacia la incertidumbre de un campo de concentración en Francia. Conviene no olvidarlo, pues no hace tanto tiempo. Estas dos categorías, los emigrantes económicos y los refugiados, exigen ser tratadas de forma diferente: los estados tienen el derecho -y el deber- de defenderse y de proteger a sus ciudadanos porque no hay sociedad de bienestar que aguante fronteras abiertas, pero, por otra parte, deben también ser consecuentes con los valores democráticos que los inspiran y con los compromisos internacionales que han firmado como la Convención de Ginebra de 1951 y el Protocolo de 1967 sobre el Estatuto de los Refugiados, el artículo 78 del Tratado de la UE sobre el Derecho de Asilo, el Convenio Europeo de Derechos Humanos, etc.

Navegar entre estas exigencias contrapuestas no es nada fácil y lo vemos en las llamadas "devoluciones en caliente" en Ceuta o en las pateras que trataban de alcanzar las playas de la Italia de Salvini. O cuando en 2015 llegaron un millón de refugiados a Europa y no supimos cómo reaccionar (salvo Merkel), en una situación que parece querer repetirse ahora. Turquía tiene 3,7 millones de refugiados sirios y Europa le da 6.000 millones de euros para que no vengan. Mal que bien el sistema ha funcionado hasta que la actual ofensiva siria contra el último enclave rebelde de Idlib amenaza con otra oleada de refugiados y Ankara no está contenta. No lo está con una UE que la rechaza como miembro ni lo está con lo que percibe como falta de solidaridad con socios de la OTAN que no apoyan su política en Siria. Y nos chantajea pidiendo más dinero a cambio de contener a los refugiados dentro de sus fronteras, mientras Bruselas envía refuerzos a Grecia para "defender" a la que Ursula von der Leyen ha llamado la "frontera de Europa". Hay muertos y la situación humanitaria es desesperada.

El Líbano acoge a un refugiado por cada tres habitantes (y está como está, aunque no sólo por eso) y Jordania 1 por cada 10 habitantes. Si a Europa viniera de golpe un millón de refugiados saldríamos a uno por cada 440 europeos. Aquí la pregunta es ¿podemos o queremos?

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