Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

LAS CUENTAS DE LA VIDA

2020

Se diría que 2020 parece llamado a reconfigurar el planeta. De la alerta climática a la eclosión definitiva del feminismo, de la presión migratoria al brexit, el cúmulo de presiones que sufren las placas tectónicas de la sociedad amenaza con provocar efectos sísmicos. En este sentido, la aparición del coronavirus -un patógeno de origen animal todavía desconocido en muchos de sus aspectos- actúa como una turbina de aceleración con derivaciones imprevisibles. Mientras China parece que empieza a controlar la enfermedad -asombran las medidas que se han tomado, monitorizadas en todo momento por el big data y la inteligencia artificial-, la evolución del contagio en Europa y los Estados Unidos anuncia ya un salto considerable en las repercusiones del virus. No sólo en la salud, sino en la economía -un doble shock de oferta y de demanda- y quién sabe si también en la política y la sociedad. El caso Trump, por ejemplo. O, lo que es lo mismo, las elecciones presidenciales previstas para noviembre. Hasta hoy, Trump pasaba por ser el favorito absoluto en la carrera a la Casa Blanca. Contaba con el empleo y las bolsas a favor; contaba con la tradición, que suele garantizar dos mandatos para la mayoría de presidentes, y con la polarización interna de los demócratas ante la ausencia de un candidato atractivo. Estos vientos de cola, sin embargo, hay que ponerlos en duda al tenor del progreso del Covid-19. No sólo por la enfermedad en sí, sino por los graves errores que ha cometido su gobierno desde el inicio de la epidemia. A día de hoy, seguramente el virus llevará semanas circulando por el país sin que se hayan tomado las medidas de contención adecuadas y minimizándose los riesgos de un modo imprudente. Quizás ahora ya sea demasiado tarde.

Una vez más, Europa llega al momento decisivo poco preparada. Además de con otra crisis migratoria en su frontera griega y del giro populista en muchos países de la eurozona, el cisne negro asiático nos sorprende con el pie cambiado y sin mucho margen de maniobra. El Reino Unido se despide, Merkel también; Francia enlaza una huelga con otra y España cae presa de sus enfermedades seculares. Por todo ello, la UE se encuentra en una posición estratégica aún más débil que en 2008. No sólo los márgenes fiscales y monetarios son menores, sino que el clima político y social ha empeorado notablemente. La falta de una orientación clara empieza a ser percibida con claridad por un gran número de ciudadanos. Y el cuestionamiento de las instituciones liberales constituye un escenario ideal para los extremismos -esa otra pandemia-.

Llevamos desde 2008 enganchando una crisis sistémica tras otra, lo que ha conducido a un extraño escapismo que rehúye todo contacto con la realidad. Mientras tanto, la superposición de diferentes focos de tensión va sacando a la luz los fallos del sistema, sus puntos débiles. El empleo no arranca, la fractura social se incrementa, las instituciones se burocratizan, la clase política claudica ante los discursos demagógicos y el deseo de un poder soberano fuerte se afirma entre los desfavorecidos. 2020 es un año clave, no sabemos si el prólogo o la conclusión de una época. Quizás ambas cosas. El pánico causado por el Covid-19 pasará y la economía se estabilizará con las inyecciones monetarias de los bancos centrales. Pero la fragilidad de la Unión va creciendo ante la falta de un proyecto común. Esta es una de las conclusiones más tristes de la época que vivimos.

Compartir el artículo

stats