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OPINIÓN

Al doctor don Rafael Amador Trujillo

Es evidente que, con los años, se gana en humildad, en parte porque se tiende a relativizar las cosas. Un estado que aporta la necesaria perspectiva para apreciar la realidad en su sentido más completo. Tal vez, también, por el sosiego y la experiencia. De lo que no me cabe la menor duda es de que la gratitud se convierte en una excelente compañera de viaje. Y esa es la razón por la que hoy comparto estas líneas que he deseado escribir desde hace años. Porque, hasta ahora, la responsabilidad me podía.

Puede el hecho de querer decir en pocas palabras lo que ocuparía hojas enteras. Puede el deseo de ser lo más justo posible ante una persona excelente. Pueden las ganas de reflejar la fortuna que uno siente por tantos años de buenos consejos, acertados comentarios e inteligentes bromas. Puede la ternura con la que un médico trata a su paciente, hasta el punto de que la cita en su consulta pasa a ser el encuentro con un amigo que atina con las palabras exactas para que cualquier problema se quiera superar al instante. Puede recordar las sonrisas y las conversaciones tan dispares y especiales que te hacen claudicar ante la personalidad de un ser auténtico y especial. Y es que el doctor don Rafael Amador Trujillo te mira a los ojos, te hace sentir bien pese a los temores que podamos albergar cuando acudimos a un médico.

Decía Víctor Hugo que ser bueno es fácil, lo difícil es ser justo. Una idea que me recuerda al doctor Amador Trujillo, porque ambas son cualidades que le caracterizan. Por ello hoy he intentado darle las gracias a mi manera. Curiosamente, me quedo con la sensación de que aún me he quedado corto.

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