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REFLEXIÓN

¿Es esto la guerra?

En los últimos tiempos se han propagado a través de los medios de comunicación distintas opiniones e informaciones que transmiten al ciudadano común la idea de que esta pandemia es "la guerra de nuestra generación", de que la humanidad entera está en guerra contra un virus y que lo que vivimos es la peor catástrofe que ha sucedido desde, al menos, la Segunda Guerra Mundial, ya lo decía Angela Merkel. Transmitir la idea de que todo esto es muy serio es importante, y es necesario que todos (y especialmente algunos líderes como Trump) nos hagamos conscientes de ello. Pero también es bueno poner las cosas en perspectiva para que no añadamos al sufrimiento inevitable uno que sí podríamos evitar, el de sentirnos desgraciados por pensar que nos está pasando algo terriblemente terrible.

Para poner las cosas en perspectiva lo primero que debemos tener en cuenta es que si ésta es la guerra de nuestra generación hemos tenido suerte. A la generación de mis abuelos les tocó vivir los convulsos años 40. Aunque los números bailan según las fuentes, entre 1941 y 42, en la batalla de Moscú, se estima que murieron entre tres y cuatro millones de personas; en la batalla de Stalingrado, que duró unos tres o cuatro meses, se estima que murieron más de tres millones de personas, casi un millón por mes, es decir, más de 30.000 bajas diarias. Mis abuelos, siendo muy niños, vivieron también la Primera Guerra Mundial; en el Somme, en 1916, también morían a razón de casi un millón de personas al mes durante casi seis meses. Y si en vez de guerras hablamos de epidemias, la conocida como gripe española entre 1918 y 1919 se estima que se llevó más de 50 millones de vida. Que, por cierto, se conoció como gripe española porque siendo un país neutral los medios españoles fueron los primeros en hablar de la epidemia, los de los países contendientes lo tenían censurado. Conviene poner las cosas en perspectiva: en todo el mundo, en los tres meses de 2020 en que hemos sufrido la pandemia del Covid-19 no llegan a medio millón en todo el mundo los afectados, y las cifras de fallecidos son bastante menores.

Por otro lado, también es conveniente tener presente que lo que se nos pide ahora es quedarnos en casa, y ello es mucho menos grave de lo que se pedía antes. Aunque a nuestros abuelos en 1940 o a nuestros bisabuelos en 1918 les hubieran pedido quedarse en casa, y no ir a la guerra, eran casas en muchos casos sin agua potable, sin electricidad, y desde luego, sin todas las opciones de entretenimiento y comunicación que tenemos hoy en día. Y aun estando en casa, o en los refugios antiaéreos, nada te garantizaba que no te tocara a ti no un virus que quizá te matara, sino una bomba que ciertamente te mataría. Por supuesto que "quedarse en casa" no es lo mismo si vives en un piso de protección oficial que si vives en una mansión, pero para la inmensa mayoría de habitantes del planeta, excepto quizá para los protagonistas de la famosa teleserie Dowtown Abbey (para quien no lo sepa, narra la crisis de una familia aristocrática inglesa en la primera mitad del XX), la perspectiva de quedarse en casa es mucho mejor hoy de lo que lo era hace un siglo. Uno de los aspectos más terribles de la crisis (y no lo trivializo) es que si se da el colapso de los sistemas sanitarios los profesionales tendrán que elegir a quién se da tratamiento y a quién no. Es decir, en definitiva, decidirán quién vive y quién muere. Esto es especialmente doloroso porque los profesionales sanitarios se han formado para salvar vidas, no para cortarlas. Pero no olvidemos que, hasta no mucho antes de esta pandemia, otros profesionales, refugiados en la comodidad de sus oficinas y a menudo mediante drones, decidían atacar unos objetivos u otros. En definitiva, decidían quién vive y quién muere.

Lo que esta pandemia nos recuerda es algo que nunca deberíamos haber olvidado: que las vidas humanas son extremadamente frágiles, que vivir es un milagro. Hay quien dice que los países subdesarrollados tienen una alegría de vivir que hemos perdido en el primer mundo. La generación de mis abuelos también decía a veces que las nuevas generaciones a menudo se ahogan en un vaso de agua: habían vivido acontecimientos tan trágicos que eran plenamente conscientes de que estar vivos es un milagro.

Sólo una anécdota: recuerdo una que contaba mi abuelo de cómo durante la Guerra Civil española lo habían tomado por un espía alemán y había temido por su vida. Hemos eliminado a la muerte de nuestras vidas, de manera que ya no nos alegramos por el mero hecho de estar vivos. Lo que estamos viviendo es muy grave. Pero si yo estoy escribiendo, y tú estás leyendo, es porque estamos vivos. Las guerras de las generaciones anteriores trajeron cambios: el acceso de la mujer al trabajo, el desarrollo de la aviación, los relojes de pulsera, la comida enlatada, la descolonización? Si esta es la guerra de nuestra generación también traerá cambios, y me atrevo a aventurar que algunos tendrán que ver con replantearnos que podemos vivir perfectamente sin cosas que creíamos imprescindibles (por ejemplo, desplazamientos al trabajo cuando se puede teletrabajar). En medio de la crisis han seguido llegando pateras a las costas de Canarias. Quizá esta crisis nos ayude a poner las cosas en perspectiva y a recordar que no sólo tenemos suerte de estar vivos: tenemos la suerte de vivir en una sociedad en la cual las personas viven como si cada día la muerte no fuera una posibilidad. Quizá recordar que esa posibilidad siempre está ahí nos ayude a recuperar la alegría de estar vivos. Ojalá nunca más nos olvidemos de decir: Gracias a la vida, que me ha dado tanto.

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