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ESCRITOS ANTIVÍRICOS

Las cabras nadan

El encerrado forzoso hace cosas que no hace habitualmente. Una de ellas es jugar a juegos de mesa, algo que el encerrado forzoso detesta. Detesta el parchís, los juegos de baraja española, el póquer, las damas, la oca y tira porque le toca. Antes que jugar preferiría hacer cualquier cosa: no hacer nada, mirar a la pared, observar una araña que transita por el techo, lavar la ropa, fregar, cocinar, limpiar el polvo acumulado en lugares remotos, pensar en nada, pensar en todo, pensar en algo, no pensar. Cualquier cosa mejor que los juegos de mesa.

A pesar de los pesares, el encerrado forzoso es forzado por su familia a jugar a juegos de mesa por lo menos una vez al día. Juega al uno, a tres en raya (¿o eran cuatro?), al Monopoly, a la ronda simple, a la ronda robada, al burro, a Dios sabe qué. Son tantos los juegos que ya no atina a darles nombre y a veces confunde las reglas de uno con las reglas de otro. Para descansar de tanto juego su familia lo obliga a relajarse haciendo puzles interminables de imágenes paisajísticas: marinas, bosques, glaciares, playas; de coches deportivos: Ferrari, Lamborghini; de obras arquitectónicas famosas: el acueducto de Segovia, la Torre Eiffel, el Golden Gate, la Sagrada Familia; de personajes de dibujos animados: Bugs Bunny, el pato Lucas, Caperucita Roja y los Siete Enanitos. Son algunos puzles de mil piezas y hay otros que llegan hasta las cinco mil.

El encerrado forzoso se doblega a las exigencias familiares y juega y hace puzles sin rechistar. Eso sí, prefiere jugar que hacer puzles; excepto en el caso del Trivial. Aunque preferiría hacer un puzle de veinte mil piezas o incluso veinte mil puzles de veinte mil piezas antes que jugar al Trivial, el encerrado forzoso siempre se calla y se somete a los deseos de sus hijos que con gestos y gritos de entusiasmo lo fuerzan a jugar al Trivial justo después de desayunar o justo antes de irse a la cama. Y siempre igual, o después de desayunar o antes de acostarse, para empezar o para terminar el día. Tal vez por eso últimamente tiene pesadillas.

Del Trivial detesta todo. Detesta su nombre, Trivial Pursuit, que hace honor a lo que realmente es, un juego trivial y estúpido con nombre anglosajón que da por relevante saber cosas triviales y estúpidas. Detesta que siempre pierde, que el Trivial lo hace sentir como un ignorante, como un inculto, que lo deja a la altura del betún delante de sus hijos que constatan con asombro que su padre sabe menos que ellos. Pero ¿a quién le importará saber en qué país saludan los nativos con las palabras Kia ora, o qué termino golfístico describe el hecho de completar un hoyo en uno bajo par, o quién fue el primer español en jugar un All-Star de la NBA, o cuántas estrellas hay en la bandera de la República Popular China?

No obstante, el encerrado forzoso no tiene más remedio que reconocer que gracias al Trivial hace unos días descubrió que su hijo de once años y su hija de nueve tienen sentido del humor. En las preguntas para niños les tocó responder a la cuestión de si las cabras saben nadar. "¿Saben las cabras nadar?" preguntaron los niños al encerrado forzoso. Y el encerrado forzoso, que al principio dudó, contestó con aplomo: "con gafas, tubo y aletas sí". Y todos terminaron el juego entre risas y con gran alborozo.

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