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Javier Durán

RESETEANDO

Javier Durán

Periodista

Estado de ánimo

Uno intenta salir del tono lastimero, pero no puede. De una punta a otra, rige el coro de plañideros/as quejumbrosos/as arañándose sin descanso el sentimiento, el corazón, como si el virus también se ensañase con plenitud en la corteza de la cualidad humana. Uno ha vivido la tristeza, pero nunca como la que nos invade. Tratas de desplegarte como un pavo real lleno de resistencia y resiliencia, y al minuto caes desbaratado por la desesperación o la tempestad de la pandemia. Le confesaba a un amigo que la mayor agonía -casi un ataque de ansiedad- es marcar el teléfono y saber que la madre octogenaria sigue a salvo en esta reclusión. Así, un día tras otro del confinamiento: con el despertar sobresaltado, deseoso de que este mal no la toque. El deseo es no oír historias mortíferas, escapar de las desgracias ajenas, pero eso sería demasiado egoísta. Uno oye de todo a los pocos sitios que puede ir, o por la desbordante información de las consecuencias de la bestia inmunda. Al final, aunque haya sido un paseo con el perro o una visita al supermercado, retornas a la guarida con una mochila cargada de duras y pesadas piedras que no se van, que se juntan con las del día siguiente hasta formar una cantera que ningún picapedrero podrá despedazar. Lo más terrible -un calificativo que campa soberbio en esta crisis- es el fin de semana, porque es el punto donde la parálisis se redobla, donde el reloj biológico se despierta implacable para exigir la belleza de un paisaje o la orilla de una plaza azul. No le puedes dar nada, absolutamente nada, sino decirle que aguante, soporte y descanse abrazado a una pipa de opio. Para calmar la insatisfacción, tenemos a nuestro alrededor una nueva factoría del ocio, que acude al rescate -como Europa en el 2008- del estado de ánimo saboteado por el estado de alarma. Analistas, opinantes, programadores, libreros y filósofos se rompen los sesos para que la ciudadanía que huye del virus no decaiga o acabe montando la revolución del hartazgo. Todos los días despliegan un menú de calmantes en medio del océano de muertos, mascarillas, test, militares, hospitalizados, respiradores. Estos señores son unos héroes. Y encima hay que cambiar la hora cuando el reloj ya no sirve para nada. Es el destiempo.

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